Cultura y espectáculos

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JANÍCULA episodio 1

[ Editado ]
 
 

Janícula

Episodio 1

 

 

 

1

 

    Cristóbal caminaba por el pasillo con dos tazas de café, una en cada mano, hasta que llegó a la puerta del fondo. Era una puerta de seguridad de acero reforzado, en la que se podía leer, grabado al ácido, “Jano”, bien grande.  Quien entrase ahí no podría decir que su destino estaba al otro lado de una puerta distinta. Se detuvo delante y trató de pasarse una de las tazas a la otra mano sin que ambas terminasen hechas añicos a sus pies y el café derramado por todas partes, incluido su pantalón. Después de tres infructuosos intentos se dio por vencido y dejó una de ellas en el suelo para poner la mano que le quedó libre en el panel que había empotrado en la pared a la derecha de la puerta. Una luz intensa barrió el panel de arriba a abajo y luego de abajo a arriba. Un led rojo se iluminó encima de éste. Cristóbal retiró la mano, se la pasó con ímpetu por la bata repetidas veces y volvió a intentarlo. Ahora, después del barrido, el led se iluminó de color verde. Un ruido de cerrojos escapó de las entrañas de la puerta. Agarró el pomo y  abrió la puerta con increíble suavidad a pesar de sus dos toneladas de peso, recogió la taza de café del suelo y entró en la sala.

    —¿Algo interesante? —preguntó a su compañero al tiempo que alargaba la mano ofreciéndole una de las tazas.

    Rodrigo estaba sentado delante de una pantalla que formaba parte de una estructura circular en la que había una segunda pantalla idéntica en el lado opuesto, ambas provistas de sendos teclados, todo en una pieza que parecía la punta de un iceberg que continuaba por debajo del suelo transparente, a través del cuál se podía ver una estanca estancia inferior inundada en agua destilada para refrigerar el enorme superordenador sumergido en ella, cuyo nombre podía leerse en la puerta antes de entrar.

    —Nada —contestó éste tratando de contener un bostezo que finalmente escapó de entre sus dientes a medio abrir—, más de lo mismo.

    Un ruido agudo y sutil brotó de algún lugar de la estructura y un papel fue regurgitado a través de una ranura que se abría en el centro, entre ambos puestos de control.

    —Café solo —empezó a decir Cristóbal con el brazo aún extendido y sosteniendo la taza delante de Rodrigo—, con dos… —quiso continuar cuando se dio cuenta de que había olvidado los dos terrones de azúcar con los que a su amigo le gustaba acompañarlo—. ¡Vale!, ahora vuelvo— exclamó con resignación antes de desaparecer por la puerta, tan rápido que Rodrigo se sintió ridículo al verse con la mano levantada en un gesto de condescendencia que nadie había visto. «Algún día irá a por café y lo traerá sin las tazas», pensó jocoso.

    Mientras esperaba a su compañero recogió el papel, lo leyó con atención e inmediatamente después comenzó a aporrear el teclado:

    «Viernes 28-Enero-2011, 10:30h, calle Reina Victoria, establecimiento Gilgo (perfumería). Asalto/robo. Dos hombres, Juan Ignacio Gómez Bárzano y Abel Tarancón Ferrero. Objetivo: perfumes».

    Antes de teclear la última palabra, dos terrones de azúcar comenzaron a mezclarse con el café dentro de su taza.

    —Gracias Cris —dijo sin levantar la mirada del teclado hasta que terminó de introducir todos los datos. Al fin cogió la taza, hizo girar la cucharilla hasta que los terrones hubieron desaparecido y le dio un largo sorbo—. ¿Se cumplieron las entradas de ayer? —preguntó.

    —Las entradas de ayer sucederán a partir de hoy ¿no? —contestó Cristóbal sabiendo a lo que se refería su compañero.

    —Sí, claro, me refería a las entradas con fecha de ayer —hizo una pausa—, las que…

    —Te tomaba el pelo —interrumpió Cristobal en tono de mofa—, te he entendido perfectamente, te refieres a las entradas de días anteriores cuya fecha de suceso sea… —hizo una pausa mientras buscaba un calendario por la mesa.

    —Ayer fue 18 —se apresuró a decir Rodrigo.

    —Gracias —contestó Cristóbal, que dejó de buscar y se puso a teclear en el lado opuesto al de su compañero—. «Sucesos. Martes 18-Enero-2011». Aquí está —dijo dirigiéndose a Rodrigo que le escuchaba con atención—, sí…, sí…, éste también…, también…, sí…, otro…, —balbuceaba mientras iba leyendo la lista—. ¡Diantres, todos se han cumplido!  —concluyó asombrado y con cierta excitación.

    —Cada vez se dan menos fallos —dijo Rodrigo—, eso significa que a medida que su banco de datos aumenta y tiene mayor número de muestras con las que comparar, su interpretación es más precisa y el porcentaje de error disminuye.

    —En dos o tres años será cien por cien fiable, mucho antes de lo esperado —aseguró Cristóbal mientras se le iluminaba la cara.

    Un pequeño ruido agudo volvió a sonar en la habitación. Un nuevo documento asomaba por la ranura que los separaba a ambos. Rodrigo lo cogió y lo estudió detenidamente mientras Cristóbal terminaba su taza de café. Cuando hubo terminado tenía la cara desencajada, como si hubieran pasado diez años en lugar del minuto que tardó en leerlo.

    —¿Qué pasa? —preguntó Cristóbal al darse cuenta de cómo le cambió el gesto a su amigo—. Parece que hayas visto un fantasma.

    —No…, nada… —contestó con cierto nerviosismo tratando de disimular.

    —¿Nada? —le increpó su compañero—. ¿Qué pone ahí? Déjamelo —dijo alargando el brazo para quitárselo de las manos.

    —No, de verdad —tartamudeó Rodrigo mientras retiraba el documento y lo ponía en la mesa, fuera del alcance de Cristóbal—. Si es lo de siempre. Luego lo introduzco en el sistema.

    Cristóbal rodeó la silla en la que estaba sentado su compañero sorprendido por su actitud y se estiró alargando la mano para coger el papel. Rodrigo, en un intento de evitarlo, se levantó, le pasó una mano por el hombro y trató de alejarle delicadamente a la vez que cambiaba de tema.

    —¿Y qué tal Esther?, ¿cuándo me vais a hacer tío? Se os va a pasar el arroz, sobre todo a ti, que pronto tendrás que empezar a desgravarte las pastillas azules —intentó bromear en tono socarrón.

    —Tiene gracia ¿sabes?, porque cuando yo empiece a desgravarme las pastillas azules tu irás detrás de mí tomando nota de cuáles son los mejores sitios para pillarla de contrabando, porque te quedará muy poco para… —hizo una pausa, retiró el brazo que le rodeaba el hombro y con un suave empujón se zafó de aquella argucia—. Espera un momento, ¿me tomas por estúpido? —y volvió a la mesa a coger el papel.

    —Es mejor que no lo leas Cristóbal, en serio —dijo Rodrigo con tristeza.

    A Cristóbal le extrañaba el interés de su compañero por ocultarle el contenido del documento y lo examinó con intriga. Deseó no haberlo hecho. Tuvo que leerlo tres veces más, pero ninguna de ellas cambió lo que decía:

«Jueves 18-Enero-2011, 13:20h, Indeterminado. Homicidio. Un hombre, Cristóbal Lecea Madrazo. Víctima, Esther J. Eustís.

    —Mi mujer…, yo… —tartamudeó sobrecogido.

    —Seguro que se trata de un fallo —intentó animarle su compañero—. Jano no es infalible, ya verás como...

    —¡Cien por cien de aciertos los últimos días! —le interrumpió Cristóbal—. ¡Un maldito cien por cien! ¿Qué significa eso Rodrigo? ¡¿Qué significa?! —gritaba mientras andaba de un lado a otro de la sala nervioso.

    —Tranquilo —dijo Rodrigo con voz suave, como si le hablase a un niño pequeño que cree que su armario esconde monstruos—, todo va a salir bien.

 

 

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Re: JANÍCULA episodio 1

2

 

    Por motivos de seguridad, los cristales oscuros del Volkswagen Tuareg negro que circulaba por la A42, sentido Toledo, no dejaban ver quién ocupaba las plazas traseras. Otros dos coches idénticos circulaban detrás y, manteniendo siempre la misma distancia unos con otros con asombrosa habilidad, los tres formaban un peculiar convoy entre cuyos objetivos, desde luego, no se encontraba el de pasar desapercibidos.

    —¿Alguien ha visto el juguete de Richi? —dijo Sergio desde el asiento de atrás del primer vehículo, con la pistola de su compañero en las manos.

    —¿Juguete? —contestó Alex desde el puesto de copiloto del último de los coches a través del pinganillo que les mantenía comunicados—. Os tengo dicho que no os traigáis esas guarradas al trabajo.

    Todos los ocupantes del último vehículo y todos los del primero excepto Richi se echaron a reir. Los dos hombres que viajaban en el de en medio aguantaron como pudieron las risas.

    —Es grande y larga, pero no os la pienso dejar a ninguno, ¿me habéis oído?, abusaríais de ella indecentemente —se defendió Richi antes de arrancarla de las manos de su compañero.

    —¿Grande y larga?, ¿que te has comprado, un RPG? —preguntó Antonio desde el asiento trasero del último coche.

    —Una Desert Eagle —contestó Nico, que conducía el primer vehículo—, y tiene razón, es grande de c0jones.

    —Sabéis de sobra que a Aldana no le gusta que vayamos marcando bulto debajo del brazo, la beretta es mucho más discreta —intervino Alex.

    A la altura del polígono industrial Cobocalleja de Fuenlabrada fueron reduciendo la marcha y pasaron al carril de la derecha, que se separaba de la autovía más adelante.

    —Pero si no se nota nada —dijo Richi al tiempo que se la enfundaba y miraba a Sergio buscando su aprobación.

    —¡J0der!, sí que se nota —dijo éste entre risas.

    —¿Y si hago así? —preguntó de nuevo adoptando una postura poco natural, con el brazo encorvado para hacer hueco en la chaqueta.

    Los otros tres ocupantes del coche se echaron a reír y sus compañeros imaginaron la escena desde los otros vehículos.

    —Coche azul a las cinco —intervino Jorge desde el asiento de copiloto del primer vehículo, lo que llamó la atención de todos sus compañeros.

    —Lo veo —dijo Alex.

    —¿Qué c0ño hace? —espetó Martín, que conducía el segundo Tuareg.

    Un coche avanzaba con velocidad paralelo a ellos por el carril de servicio con la intención de incorporarse a la autovía.

    —¿Ocurre algo? —preguntó Aldana desde la parte de atrás del segundo vehículo.

    —Nada señor —se apresuró a decir Alberto mirando por el espejo retrovisor de su derecha—, todo controlado.

    El coche azul no reducía su velocidad y el carril de servicio se terminaba, por lo que hizo amago de incorporarse a la autovía por la fuerza.

    —¡Maldita sea!, ¡¿pero qué c0ño hace ese capull0?! —Gritó Hugo, que conducía el último Tuareg.

    —¡Frena Martín, frena, déjale hueco! —ordenó Alex, que preveía un mal desenlace de la situación si no cedían—. No os preocupéis, este va a Toledo, cambiará de carril otra vez.

    El coche azul se incorporó al fin y a continuación cambió al carril de su izquierda para seguir hacia Toledo. Antes de acelerar tocó el claxon e hizo algunos gestos dirigidos a Martín junto con algunas palabras que no se oyeron. Luego hizo lo mismo con Nico al pasar por su lado.

    —¡Maldita sea, coge la matrícula de ese cabrón! —gritó éste último visiblemente irritado.

    —Déjalo estar Nico, concéntrate en tu trabajo —intervino Alex.

    —Tranquilo hombre, ¿no querrás que creamos que vas cogiendo la matrícula de todo el que te toca el claxon cuando conduces, ¿no? —dijo Jorge iniciando una retahíla de bromas con su compañero como objetivo, con la intención de hacerle olvidar el incidente.

    —¡J0der!, le cogerías la matrícula a todo el que te adelantase y mirase a su derecha —dijo César desde el asiento de atrás de último coche.

    —Sí —se anticipó Richi a los demás—, vería un orangután conduciendo y tocaría el claxon para llamar tu atención y hacerte una foto.

    Todos se rieron a carcajadas excepto Nico y los dos hombres del coche de en medio, éstos últimos sonrieron levemente.

    La bifurcación terminaba en una glorieta con una fuente que daba la bienvenida a Parla. La rodearon e hicieron un cambio de sentido para volver a la A42, esta vez hacia Madrid.

    —¡Eh!, ¿de qué va esto? —gritó Nico para hacerse oír entre tantas carcajadas—. ¿Es que ahora soy vuestro bufón? ¿Es eso? ¿Por qué yo creía que el bufón era el novato?

    —¿Cómo que el novato? —contestó Richi inmediatamente—. Resulta que el novato la tiene más grande que vosotros. ¿Acaso podéis bromear con eso? —añadió en referencia a su magnum.

    Trescientos metros después de incorporarse a la autovía de nuevo, se desviaron a la derecha por un acceso a una estación de servicio.

    —¡Vaya!, parece que Richi ha asumido su papel y va a cambiarse de ropa —dijo Hugo desde el último coche.

    —No te olvides del gorro con todos esos cascabeles —añadió Antonio.

    —Te lo dije novato —intervino Nico mirando a Richi por el espejo retrovisor con los ojos medio cerrados por la sonrisa.

    —¿Qué ocurre Nico? ¿Por qué vamos por aquí? No habíamos planificado ninguna parada para repostar —dijo Alex con un tono más serio.

    —No voy a parar, solo sigo las indicaciones del GPS —contestó Nico.

    Pasaron de largo la estación de servicio, pero antes de poder incorporarse de nuevo a la autovía, el GPS les hizo girar a la derecha por un pequeño desvío muy cerrado y con una inclinación hacia arriba bastante pronunciada. Nico se vio sorprendido y tuvo que pisar el pedal de freno bruscamente para no salirse de la calzada. Los dos vehículos que le seguían se vieron contagiados por esa maniobra.

    —¿Qué ha sido eso? —preguntó Aldana al verse desplazado hacia delante inesperadamente.

    —Nada señor, son estas carreteras tan estrechas. Parece que estamos llegando —contestó Martín.

    —No tenemos prisa —concluyó Aldana escuetamente.

    —Entiendo señor —contestó Alberto antes de comunicarse con el coche que le precedía—. No tenemos prisa chicos.

    —Entendido —contestó Jorge.

    Todos sabían que esas palabras las había puesto Aldana en su boca. Avanzaron unos metros y se encontraron una glorieta que tomaron a la izquierda.

    —¡Vale!, estamos llegando —dijo Nico a título informativo.

    —De acuerdo —se apresuró a decir Alex—. Cuando lleguemos quiero que cuatro de vosotros forméis un perímetro alrededor de los vehículos. Los demás vendréis conmigo. Martín y Alberto, vosotros iréis delante de Aldana hasta la puerta principal del edificio, la abriréis y, cundo hayamos pasado, os quedaréis ahí. A los demás os lo iré indicando por el camino conforme vea la situación.

    —Yo quiero ser el último hombre —dijo Richi con ímpetu—. Tengo la mejor arma, nadie puede protegerle mejor que yo.

    —Tienes la mejor arma si la amenaza fuesen elefantes, si son personas, yo diría que tienes un cargador muy corto — intervino César desde el último coche.

    —César tiene razón Richi —empezó a decir Alex—. Quiero que te quedes en el perímetro de los vehículos…

    —¡Venga ya! —interrumpió Richi molesto por esa decisión.

    —Por favor, escúchame. ¿Te gusta este trabajo? ¿Te gustan tus nuevos compañeros? ¿Te gustaría formar parte de este equipo mucho tiempo? —preguntó Alex.

    —¡J0der, sí! ¡Sí que me gusta! ¿A que viene eso ahora?

    —Viene a que cuando Aldana vea el bulto de tu arma pedirá que te sustituyan por otro que no tenga ningún problema con la beretta —contestó Alex.

    —¡No me j0das! —espetó Richi de mala gana.

    —Así que te quedarás en el perímetro de los vehículos. Cuando estemos dentro del edificio abrirás el maletero de cualquiera de los coches, cogerás una de las berettas, la pondrás en el lugar que ahora ocupa tu magnum, y mañana volverás con el gorro de cascabeles para hacernos reír a todos. ¿De acuerdo? —concluyó Alex.

    Richi aceptó resignado.

    Doscientos metros después giraron a la derecha para entrar por la puerta principal de una construcción de hormigón acabada en blanco, muy sucio por las inclemencias del tiempo, y meticulosamente acristalado. Habían llegado a su destino. Las puertas de los coches se abrieron y los hombres salieron de ellos. Todos eran altos y anchos menos Aldana, que mediría entre quince y veinte centímetros menos que los demás, esto suponía unos 175cm. Tampoco vestía como ellos, mientras los demás vestían todos de un imponente negro absoluto, su traje tenía más estilo, más color incluso, pantalón azul marino oscuro con rayas muy finas en blanco, chaqueta y chaleco a juego. Cuatro de los hombres formaron un perímetro alrededor de los vehículos, como había dispuesto Alex momentos antes, el resto caminó hacia el edificio en una comitiva encabezada por Martín y Alberto, quienes se quedaron en la puerta de entrada después de que el resto accediese al interior. Los demás obviaron el ascensor y subieron las escaleras hasta la última planta, donde se encontraba el despacho del director. Otros dos hombres pararon al terminar de subir las escaleras y se quedaron allí siguiendo las indicaciones de Alex, quién, junto con César, siguió a Aldana por un largo pasillo que terminaba en una puerta ninguneada por la esbeltez de las paredes que la rodeaban. Ambos permanecieron fuera, uno a cada lado de la puerta, cuando Aldana entró en el despacho.

    —¿Quién es usted? ¿Qué hace en mi despacho? ¿Qué quiere? ¿Qué…? —balbuceó nervioso el doctor Montes, que se vio sorprendido por la visita.

    —Tranquilícese, no tiene por qué alarmarse. Soy Tomás Aldana —dijo acercándose a la mesa y extendiendo la mano derecha—. Trabajo para el gobierno y si no me han engañado, esta visita debe estar en su agenda.

    —¡Oh sí, claro que sí!, —contestó el doctor mientras le estrechaba la mano—, pero le esperaba mañana jueves —dijo desorientado mientras hacía memoria.

    —Hoy es jueves señor… —y alargó la palabra esperando que el doctor le dijese su nombre.

    —¡Oh!, lo siento, ¿dónde está mi educación? Soy el doctor Montes —se presentó— ¿Hoy es jueves? Tiene que disculparme, estoy trabajando en algo y, bueno, llevo aquí metido cuatro días…

    —¿Bromea? ¿Cuatro días? No está usted casado ¿verdad? —bromeó Aldana con cierta ironía.

    —Lo estuve, hace tiempo —contestó Montes con tristeza en sus ojos—, pero por favor, disculpe este desastre de despacho —cambió rápidamente de tema y se excusó mientras iba de un lado a otro quitando cosas de aquí y de allá y poniéndolas allí y acá—. Por favor tome asiento —dijo ofreciéndole un sillón que apareció después de retirar una p.ila de papeles.

    Aldana se sentó mientras el doctor seguía moviendo cosas de un lado a otro hasta que éste, finalmente, se sintió satisfecho y se sentó frente a él, intrigado por el motivo de su visita.

    —¿Así que trabaja usted para el gobierno? —preguntó Montes interesado en lo que Aldana tuviera que decirle— ¿Y de qué se trata ese trabajo exactamente?

    —Bueno, se podría decir que una parte consiste en velar por que usted no conozca la otra —contestó con cierto aire de misterio.

    —Entiendo, no puede decirlo —dijo el doctor con condescendencia.

    —Algo así, aunque en realidad, lo correcto sería decir que una parte de mi trabajo consiste en velar porque nadie que esté vivo conozca la otra parte. ¿Todavía siente curiosidad? —preguntó Aldana desafiante pero con cierto tono de humor.

    La primera reacción del doctor al oír esas palabras fue de sorpresa y algo de temor. Desde luego, si en alguna ocasión se le había pasado por la cabeza que alguien tuviera algún interés en acabar con su vida, ese alguien no se alejaba mucho de la figura representada por el hombre sentado frente a él, junto con los armarios roperos con piernas que le acompañaban y ese convoy de coches grandes y negros, con cristales oscuros, con el que habían irrumpido en la rutinaria tranquilidad de su instituto. Aldana dejó entrever una sonrisa y el doctor entendió la comicidad de la conversación, animándose a continuarla.

    —¿Me pregunta si quiero caviar? —dijo intentando que su expresión fuese lo más interesante posible— Claro que quiero caviar, ¿y quién no?, pero no estoy dispuesto a pagar lo que vale.

    —Me alegra oír eso, ¿sabe?, acaba de hacer muy feliz a los hombres que hay al otro lado —siguió Aldana señalando hacia la puerta.

    —¿A usted no? —preguntó el doctor para ver por dónde era capaz de salir su nuevo amigo y evaluar así sus recursos intelectuales.

    —Bueno, quizás cuando hayamos terminado esta reunión me caiga usted lo suficientemente bien como para sentirme feliz de que siga entre nosotros.

    —Al menos usted y yo llevamos cinco minutos charlando amigablemente. Los hombres tras la puerta —dijo señalando la puerta del despacho con el dedo—, ni siquiera me conocen y ya les hace feliz no tener que matarme.

    —¡Oh, no! —se apresuró a decir Aldana—, no se ofenda, pero es únicamente por el papeleo, ya sabe, este tipo de cosas hay que documentarlas bien, siempre hay alguien con un palo lo suficientemente largo y nunca sabes en que cubo lo va a meter para remover la mi.erda.

    —¡Caramba!, no se anda usted con rodeos —continuó el doctor sorprendido por la agilidad verbal de Aldana.

    —Disculpe si me he tomado demasiada confianza —dijo éste adoptando un tono más serio.

    —No tiene que disculparse, pero, por favor, continúe —instó el doctor a su contertulio al ver que éste hacía ademán de querer seguir hablando antes de interrumpirle.

    —Sólo quería decir que de la parte de mi trabajo que no puedo contar, hay algo que usted sí puede saber, eso es lo que me ha traído hoy aquí. Únicamente trataba de establecer cierto grado de confianza, hace las cosas más fáciles, para ambos.

    —Pues si le soy sincero, me siento ahora más relajado que cuando entró usted por esa puerta —empezó a decir el doctor—. Y dígame, ¿de qué se trata para que necesite usted contar chistes?

    —Cómo se lo diría yo —comenzó Aldana—, en palabras llanas y para que usted me entienda, me dedico a recoger la basura, hago lo que nadie quiere hacer, en ocasiones por vergüenza, otras veces por falta de escrúpulos, y si quiere puede usted sustituir escrúpulos por agallas y así hacerse una idea de lo que le hablo.

    Montes se vio nuevamente sorprendido por las palabras de Aldana y deseó que el teléfono sonara urgiendo su presencia en cualquier otro lugar que no fuese su despacho, temía seguir con una reunión que no presagiaba nada bueno para él o sus intereses. Por supuesto el teléfono no sonó, así que no le quedó más remedio que escuchar lo que Aldana había ido a decirle.

    —No tiene usted de qué preocuparse —continuó Aldana observando el ceño arrugado del doctor—, esta no es una visita, ni de basura, ni de escrúpulos, sólo es algo que alguien no quiere hacer.

    El doctor se sacudió la tensión recostándose en su sillón y respiró profundamente, al fin y al cabo, su verdugo usaría una soga de seda con él. Aldana acercó su silla a la mesa y se incorporó, apoyándose en ella con ambos brazos y entrecruzando los dedos de las manos para seguir hablando.

    —Veamos —comenzó—, usted dirige EATS, que es el acrónimo de Estudio Avanzado de Transgénicos para la Sostenibilidad. Perdone si le doy información que usted ya conoce —dijo haciendo una pausa—, es puro protocolo, en alguna ocasión se han producido errores en las direcciones que me han proporcionado y he dado malas noticias a quién no debía.

    —No importa —asintió Montes—, prosiga por favor.

    —Gracias —dijo Aldana antes de continuar—. Esta institución se creó en 1989 con el propósito de estudiar los transgénicos, y su primer proyecto, que con el tiempo se convirtió en el único, fue crear un arbusto a partir de la mezcla genética de otros tantos, cuya biomasa lo hiciera más eficiente a la hora de transformar CO2 en oxígeno. En concreto se buscaba un resultado que, al menos, doblara esta capacidad en cualquier especie conocida. Supongo que todo lo que estoy diciendo es correcto —volvió a parar un instante para asegurarse de no aburrir al doctor con parrafadas interminables—. Si observa usted algún error le ruego que me lo diga.

    —Descuide, lo haré —dijo Montes asintiendo con la cabeza, luego se incorporó y se apoyó en la mesa imitando la postura de Aldana, aunque sin intención de burla—. ¿Puedo preguntarle algo? —dijo.

    —Claro, adelante —respondió Aldana recostándose en la silla para mantener lo que él consideraba su espacio vital.

    —¿Se ha aprendido todo eso de memoria? —preguntó el doctor Montes con la intención de que aquella reunión no resultase soporífera para ambos—. No sé, quizás un bloc de notas o un ipad, tengo entendido que ahora están muy de moda en el parlamento europeo ¿no?

    Aldana sonrió levemente, pero no quería desviarse del tema que le había llevado allí esa mañana, no era agradable y seguramente Montes y él no terminarían siendo amigos, no había necesidad de empezar algo con una fecha de caducidad de tan sólo unas horas, tal vez menos.

    —En realidad tengo un bloc de notas aquí mismo —contestó Aldana llevándose la mano a un bolsillo de la chaqueta para señalarlo—, pero tengo memoria fotográfica y con leerlo una vez se me queda grabado —dijo señalándose la frente en esta ocasión.

    El doctor se mostró sorprendido por la capacidad de su nuevo amigo y le invitó a continuar.

    —Bien, hablemos del presupuesto que se ha venido asignando a este instituto a lo largo de los años —dijo Aldana retomando el tema donde lo había dejado.

    El doctor se movió con incomodidad en su silla y empezó a sudar, sabía hacia dónde llevaba el tema del presupuesto. Aldana se lo notó al instante y se reclinó tratando de ponerse más cómodo aún para descargar la tensión que siempre generaba hablar de dinero.

   —Cuando se creó el instituto —empezó a decir—, el presupuesto fue de 600.000€, por aquel entonces en pesetas. Al año siguiente, coincidiendo con el inicio de una década, se revisó y se aumentó a 900.000€ al año. Este presupuesto se mantendría durante cinco años, hasta 1995, fecha en la que se volvió a revisar y se aumentó a 1.200.000€, algo razonable teniendo en cuenta que el IPC aumenta y tal vez se contratase personal nuevo, etc. En el 2000, cinco años después, el presupuesto aumenta a 1.500.000€ anuales, supongo que también es razonable.

    En ese momento y en perspectiva de lo que a continuación saldría de los labios de Aldana, el doctor se retorció en su sillón y no pudo evitar palidecer.

    —Sin embargo —continuó Aldana impasible al malestar de Montes—, en la siguiente revisión, la que tuvo lugar en el año 2005, el presupuesto para su investigación ascendió nada menos que a 15 millones de euros, eso supone diez veces más que el anterior.

   —¡Oh, sí, eso! —tartamudeó el doctor intentando disimular sin ningún éxito—, en la genética todo evoluciona tan rápido, instrumental, nuevos métodos…

    Aldana levantó la mano con la palma extendida hacia Montes invitándole a guardar silencio.

    —No he venido a pedir explicaciones de en qué se han gastado ese dinero, por favor déjeme acabar —dijo con un tono seco y frío.

    A pesar de la autoridad con la que Aldana había hablado, el doctor sintió alivio al no tener que dar explicaciones al respecto, pero, ¿de qué otra cosa podría tratarse entonces? La incertidumbre le hizo sentir más incómodo aún.

    —Una vez llegados a este año, el presupuesto pasó a revisarse anualmente, y en todas las ocasiones eso supuso un gasto extra para el estado —Aldana continuó recitando datos—. En 2006 se aumentó a 18 millones de euros, en 2007 se aprobó una subida de siete millones, 25 en total para ese periodo de tiempo. En 2008 fueron 35 millones de euros, en 2009 nada menos que 50 millones, en 2010 el presupuesto para su instituto ascendió a 75 millones y en la última revisión, hecha a principios de este año, su presupuesto ha subido a la escalofriante cifra de 125 millones de euros —hizo una pausa para respirar profundamente antes de continuar—. Como le he dicho, no he venido aquí a pedir explicaciones acerca del destino de ese dinero, supongo que si el estado ha invertido aquí tendría intereses en ello —de nuevo hizo una pausa, pero esta vez se inclinó sobre la mesa con los dedos de las manos entrecruzados y miró fijamente a los ojos del doctor—. La cuestión es que lo que usted está estudiando aquí, está obsoleto.

    Montes se vio sorprendido por el nuevo rumbo de la conversación.

    — ¿Obsoleto? —preguntó intuyendo la respuesta.

    —¿Le sorprende? —contestó Aldana con otra pregunta—. ¿Sabe?, aunque tuviera usted éxito en su investigación, invertir en ella ya no tendría sentido. Su aplicación principal está enfocada a reducir la contaminación de las ciudades provocada por la combustión fósil, sin embargo, las reservas de petróleo del planeta agonizan y con ellas su utilidad como fuente de energía. La sociedad necesita fuentes de energía alternativas y da la casualidad de que esas alternativas son limpias. Sus arbustos, y no se lo tome a mal, no tienen sitio en la sociedad del futuro.

    —¿Qué quiere decir con eso? —preguntó el doctor sabiendo de sobra lo que quería decir eso exactamente.

    —Lo que quiero decir con eso —empezó a decir Aldana—, es que el estado está haciendo un esfuerzo muy grande para llegar a fin de mes. La presión que viene de Europa nos obliga a tomar decisiones que no nos agradan en absoluto y, lamentablemente, el instituto que usted dirige ahora mismo es prescindible.

    El doctor se quedó paralizado. Hacía mucho tiempo que el estudio de los transgénicos había pasado a ser una tapadera que les permitiera seguir siendo financiados por el gobierno y el hombre que tenía enfrente parecía no saber nada al respecto. ¿Estaría Javier Leguade, impulsor del experimento que allí se llevaba a cabo, al corriente de la clausura del mismo? Y si lo estaba, ¿por qué no era él quién se sentaba enfrente suyo en ese momento? ¿Por qué su nombre ni siquiera había sido mencionado en la conversación?  Demasiadas incógnitas para un tema tan delicado que el doctor no estaba dispuesto a dejar sin resolver.

 

 

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Re: JANÍCULA episodio 1

3

 

    Apenas pasaban unos minutos de las diez de la mañana cuando Almudena retiró las mantas que la cubrían y saltó de la cama. Levantó la persiana y la luz irrumpió en la habitación obligándola a cerrar los ojos por un instante. Entró en el cuarto de baño para asearse y al salir se puso una bata a la que no le sobraba estilo, quizás por las dos décadas que castigaban sus desgastados estampados. Fue a la cocina. Abrió el armario de encima del fregadero. Estaba dividido en dos partes horizontalmente, la de abajo sostenía los platos sobre una rejilla y la de arriba los vasos y las tazas. En la de abajo se podían ver tres platos hondos y cinco llanos, todos transparentes, el resto habían ido quedando por el camino a lo largo de los años y como sólo eran dos en casa, ella y su marido, no necesitaban disponer de una vajilla completa. En la parte de arriba del armario había seis vasos iguales y cinco tazas, una de cada clase, de las que regalan cuando compras cereales o galletas, o incluso comida para perros, aunque ese no fuera su caso. Estiró la mano y cogió una taza roja en la que se podía leer «Smacks» debajo del dibujo de una rana.  De todas las tazas esa era su preferida, quizás porque era la única que tenía color. Echó un poco de café hecho el día anterior y lo calentó en el microondas durante minuto y medio, abrió otro armario, sacó una bolsa con azúcar, se echó un poco con una cucharilla que sacó de un cajón semivacío, lo giró repetidamente unos instantes y se lo tomó, a sorbos, sin ninguna prisa. Una vez lo hubo terminado se quedó un rato apoyada en la encimera con la taza vacía entre las manos, aprovechando el calor residual que desprendía. Cuando el calor desapareció, la dejó en el fregadero con un poco de agua y fue al salón a levantar la persiana y abrir la ventana para que se renovara el aire viciado de toda la casa. Al entrar la luz, Almudena pudo ver a su marido tumbado en el sofá, vestido y cubierto con una fina manta ganchillo.

    —¿Así que estás aquí? —dijo con desdén al tiempo que, de un tirón, retiraba la manta que le cubría—, ¿tan borracho ibas que no encontraste el camino a la cama?

    —¿Qué c0ño haces? —se quejó Juan adormilado al sentir la gélida brisa sobre su espalda medio descubierta.

    —¿A qué hora llegaste anoche? —preguntó Almudena enfadada.

    —¡No es asunto tuyo j0der!, ¡dame la manta! —gritó de mala gana.

    —Ni lo sueñes, levántate de ahí, si quieres seguir durmiendo te vas a la cama —dijo ella zarandeándole para que prefiriese marcharse donde no le molestaran.

    Juan se levantó despotricando y se fue al dormitorio, no se sentía con posibilidades de poder ganar una discusión con su esposa, en esas condiciones no, quizás después de dormir otro rato.

    —¡Eso, vete a dormir, no sabes hacer otra cosa, si tuvieses los mismos huevos para trabajar…! —gritaba Almudena desde el salón hacia la puerta que acababa de cruzar su marido—, ¡pero tienes los mismos huevos para trabajar que vergüenza: ningunos! ¡Vergüenza ninguna y huevos para trabajar ningunos tampoco!

    Durante unos minutos siguió dedicándole improperios con desdén, desprecio y resignación al mismo tiempo, al hombre con el que se había casado hacía ya 17 años y junto al que había jurado permanecer en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza hasta que la muerte los separase. Ella aún esperaba a que “lo bueno” hiciera acto de presencia en su vida o que “la riqueza” se acordase de su número de cuenta corriente. Esperaba desde hacía tanto tiempo que empezaba a considerar que “la enfermedad” podría ser bien recibida en esa casa, en concreto en el dormitorio en ese preciso instante, así cobraría algún dinero del seguro y puede que incluso una pensión por viudedad. Pero ella sabía que nada de eso ocurriría, se había equivocado de hombre y lo había asumido hacía ya mucho tiempo, y mientras estuviese a su lado nada cambiaría.

    —¡Vaya por dios!, ¡mira quién se digna a vivir! —dijo con sorpresa al ver que, instantes después, Juan salía del dormitorio y se dirigía a la puerta de la calle—. ¿Dónde vas ahora, te traigo los curriculums? —continuó con sarcasmo.

    —Dame diez euros anda —le pidió éste sin mirarla a la cara siquiera.

    —¿Diez euros? —contestó Almudena con ironía—, como no los pinte.

    —Venga, déjate de tonterías —dijo Juan cogiendo el monedero de su mujer y mirando dentro—. ¿Qué c0ño es esto?, ¿dónde lo has guardado?

    El monedero sólo contenía unas monedas, todas de color rojo.

    —¿Qué dónde lo he guardado?, —dijo ella con un tono de voz más severo—, en el frigorífico está todo.

    Juan fue corriendo a la cocina y lo abrió para mirar dentro. Removió algunas cosas, abrió los cajones de la fruta y las verduras, incluso abrió algunos paquetes de carne y fiambre, pero ni rastro de dinero, sólo había comida.

    —¿Dónde está?, ¡maldita sea! —espetó cerrando la puerta de un golpe tan violento que las botellas de cristal chocaron entre sí volcando una de ellas.

    Almudena se acercó hasta él, agarró la puerta de la nevera y la abrió de nuevo con la misma violencia con la que su marido la había cerrado. La botellas volvieron a sonar y otra volcó junto a la anterior.

    —¡Aquí!, ¡¿no lo ves?! —contestó cogiendo un cartón de leche mientras decía su precio en voz alta.

    A continuación hizo lo mismo con un cartón de huevos y luego con unos plátanos, unos yogures y con todo lo que le dio tiempo antes de ser interrumpida.

    —¡No me toques los huevos!, ¿dónde lo has escondido? —insistió Juan golpeando la puerta del frigorífico con la palma de la mano para cerrarla.

    —Los únicos huevos que hay en esta casa están ahí dentro —dijo Almudena desafiante haciendo un gesto con la cabeza para referirse al interior de la nevera—, y no busques dinero porque se acabó hace días, si quieres más sal a buscarlo.

    Juan dio media vuelta y se metió en una de las habitaciones. Tenían una caja de herramientas para pequeños arreglos caseros, pero él nunca la usó, no en la casa desde luego. Cogió el destornillador más grande que encontró y se lo guardó en un bolsillo del pantalón, luego fue hacia la puerta de la calle de nuevo y se enfundó un forro polar cuyo color difería mucho del tinte que el fabricante había usado en su elaboración, tan apagado, que daba la sensación de estar sucio, algo que a Juan no le importaba por dos razones, era caliente y no tenía ningún otro.

    —¿Dónde c0ño vas? —preguntó Almudena.

    —A buscar dinero, ¿no es eso lo que has dicho? —contestó él con desdén—. Déjame el móvil.

    —Hace dos meses que nos lo dieron de baja por no pagar, ¿ya no te acuerdas? —dijo Almudena haciendo aspavientos con las manos.

    —Ese no, el otro —espetó su marido con un tono seco y autoritario.

    Se refería a un teléfono prepago que Almudena guardaba celosamente. La línea del fijo había sido la primera en caer junto con internet, de esto hacía ya más de un año. Al poco tiempo se vieron obligados a dar de baja el móvil de ella y se quedaron únicamente con el de él, pero no duró mucho tiempo, apenas un par de meses después también tuvieron que darlo de baja por no poder pagarlo. Pensaron que sería una buena inversión comprar uno de esos teléfonos Bic de usar y tirar que se podía encontrar en las cajas de cualquier supermercado y guardarlo para emergencias. Afortunadamente, ninguna emergencia les obligó a utilizarlo, lo que no impidió que el saldo fuese menguando.

    —Olvídalo, sólo tiene un euro de saldo, y ni siquiera —intentó persuadir a su marido para que no se lo llevara.

    Juan la apartó con el brazo y fue a la cocina, abrió un cajón y cogió el teléfono mientras su mujer lo contemplaba impotente desde la puerta, sabía que no podría impedirlo, así que no lo intentó siquiera. Juan pasó a su lado mirándola.

    —Me lo llevo —dijo en voz baja con tono victorioso.

    Sin guardarse el teléfono en el bolsillo salió de casa y dio un portazo tras de sí que ahogó los improperios que salían del interior. Bajó las escaleras y salió del portal, giró a la derecha y echó a andar hasta que estuvo lo suficientemente lejos de cualquiera que pudiese oírle, entonces hizo una llamada.

    —¿Quién es tronco? —contestó una voz lánguida y pausada al otro lado de la línea.

    —Soy el Juanillo

    —¡Hombre Juanillo!, tío, has cambiado de número, antes me salía tu nombre en la pantalla y ahora no me sale.

    —Sí, sí, es un teléfono nuevo, pero escucha…

    —¡Ah, vale tronco!, me lo tienes que dar ¿eh?, ¿nos tomamos unas birritas?

    —¡Venga, que sí!, luego te lo apuntas, pero ahora escucha, que tengo poco saldo y se va a cortar de un momento a otro.

    —¿Qué tienes poco qué…?

    —¡Calla c0ño!, y atiende a lo que te digo.

    —¡Vale, vale!, atiendo tronco.

    —¿Todavía tienes aquella pistola?

    —¡Anda claro!, ¿y por qué no la iba a tener?

    —Pues escóndetela en el pantalón o donde quieras, pero bájatela, que estoy de camino a tu casa.

    —Qué quieres, ¿que te la deje?

    —No, no, ¿te acuerdas del chalet que estuvimos estudiando?

    —Si tronco, al final te rajaste.

    —Pues lo vamos a hacer.

    —¡No j0das!, ¿y cuándo va a ser eso?

    —¡Ahora c0ño!

    —¡H0stia p.uta!, qué c0jones le echas tronco. Ahora mismo bajo con la pipa.

    —Venga, voy para allá —dijo Juan antes de cortar la llamada y ponerse en camino.

 

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Re: JANÍCULA episodio 1

4

 

    La pesada puerta de Jano se abrió y una mujer joven, morena y de apariencia atlética irrumpió en la sala. Rodrigo se sintió aliviado al verla.

    —¡Sonia! —gritó excitado—, ¡no te haces una idea de cuánto me alegra que estés aquí!

    —¿Qué es lo que ocurre?, ¿a qué viene tanta prisa? —preguntó ésta mirando a su alrededor.

    —Esto —dijo Rodrigo entregándola el parte que unos minutos antes había escupido Jano con la predicción de que Cristóbal acabaría con la vida de su mujer.

    Sonia lo leyó varias veces para asegurarse de que la vista no la había engañado. Aun habiéndolo leído varias veces necesitó confirmación de que allí ponía lo que creyó leer. Levantó la mirada hacia Rodrigo y luego miró a Cristóbal que estaba sentado en un rincón en el suelo. Cuando volvió a mirar a Rodrigo con la cara desencajada, éste asintió con pesar. Ella le devolvió el parte y se acercó a Cristóbal, cuya mirada permanecía clavada en el suelo desde hacía ya varios minutos.

    —Tranquilo —le dijo poniendo una mano en su hombro—, no dejaremos que eso ocurra, ¿me has oído? De momento, tú te quedas aquí, no quiero que cruces esa puerta sin que yo haya sido informada antes —dijo señalando la única puerta de la sala—. En cuanto a tu mujer, voy a dar órdenes de que si, por la razón que sea, se acerca al edificio, no se le permita la entrada. Os mantendré separados, y vivos —concluyó con rotundidad.

    Rodrigo la miró y se sorprendió por lo que acababa de oír, suponiendo que ella estuviese siendo sincera y que, realmente, fuese a adoptar tales medidas. Se acercó con toda la rapidez que la sutilidad le permitió, agarró su brazo suavemente e hizo ademán para que le siguiera hasta estar lo suficientemente lejos de Cristóbal como para que éste no pudiese oír lo que tenía que decirla.

    —¿Pero es que te has vuelto loca? —preguntó.

    —¿Cómo dices? —se extrañó Sonia.

    —El protocolo establece claramente que no se puede intervenir en la predicciones, se supone que no podemos hacer nada para evitarlas —explicó Rodrigo.

    —¡Mira! —gritó ella en voz baja a la vez que agarraba la cabeza de Rodrigo y la giraba en la dirección en la que se encontraba Cristóbal—, ¿qué ves?, dime.

    —A Cristóbal —contestó con dolor.

    —¿A Cristóbal o a tu amigo Cristóbal? —insistió Sonia que ya no le agarraba la cabeza.

    —Pero no podemos… —empezó a balbucear con lágrimas en los ojos.

    —¡Ya lo creo que podemos!, su mujer no va a morir hoy —dijo señalando en la dirección en la que estaba sentado Cristóbal—, y él no va a ir a la cárcel por haberla matado.

    Sonia cogió el walkie que colgaba de su cinturón y se lo acercó a la boca.

    —Al doctor Montes no le va a gustar nada —dijo Rodrigo mientras ella hablaba con el jefe de seguridad y le daba instrucciones al respecto de la esposa de Cristóbal.

    —Me da igual lo que opine Montes —gritó con firmeza devolviendo el walkie a su cinturón—, no estoy de acuerdo con ese estúpido protocolo y te aseguro que si no fuera por… —se calló de repente al girar la cabeza y ver que la puerta estaba abierta.

    Rodrigo siguió su mirada y comprendió al instante su silencio. Los dos se dieron la vuelta al mismo tiempo hacia el rincón donde esperaban encontrar la figura de Cristóbal. El suelo estaba húmedo, pero ni rastro de su amigo. Aparte de ellos dos, allí no había nadie.

    —¡J0der! —gritó Sonia con excitación al tiempo que corría hacia la puerta.

    —Vamos a ver a Montes —propuso Rodrigo corriendo tras ella.

    —¡Ni lo sueñes!, tu ve a ver a Montes si quieres, pero yo voy a evitar que esto ocurra —dijo ella quitándole el parte de la predicción de la mano.

    —¿Y cómo lo vas a hacer?, el lugar es indeterminado —explicó Rodrigo recuperando el papel y poniéndolo delante de los ojos de Sonia.

    —¡Vale! —dijo con resignación después de leerlo de nuevo—, ¿y qué se supone que va a hacer el doctor?

    —Todos los vehículos tienen un dispositivo de seguimiento instalado —respondió Rodrigo.

 

 

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Re: JANÍCULA episodio 1

5

 

    Durante algunos minutos, Montes intentó obtener información con una batería de preguntas que Aldana no tuvo inconveniente en responder, ignorando su finalidad. Ciertamente, la información que, hábilmente, el doctor consiguió de su contertulio, tenía valor, pero no era lo que él buscaba. Finalmente decidió dejar a un lado la sutileza y formular las preguntas adecuadas.

    —¿Leguade está al corriente de esto? —preguntó temiendo que la respuesta fuera afirmativa y que hubiera sido él mismo quién hubiese dado la orden de cancelar el experimento.

    Los motivos expuestos por Aldana, aunque basados en el error de que continuaban estudiando los transgénicos, eran razonables, gastaban mucho dinero en algo que les beneficiaría unos pocos años y la inversión no se amortizaría en absoluto, algo que en tiempos de crisis sólo podía significar una cosa: el fin. Sin embargo, le costaba creer que Leguade, conociendo las actividades que allí se desarrollaban realmente, (básicamente él se las proporcionó al instituto), tuviera la intención de cancelarlo por unos euros. Siempre le había visto como una especie de mafioso con carta blanca expedida en papel oficial, que inspiraba más temor que confianza.

    —¿Leguade dice? —contestó Aldana con otra pregunta.

    —Sí, Leguade. ¿Está al corriente de todo esto? —insistió Montes.

    —No lo sé, pero lo dudo, —respondió al fin Aldana molesto por la pregunta—, se está consumiendo en la cama de un hospital.

    —¿Cómo es posible?, ¿qué le ha ocurrido? —preguntó el doctor sorprendido y contrariado por aquella noticia.

    —Parece que eran ustedes muy amigos —afirmó Aldana como si estuviese sacándole información a un ratero en la sala de interrogatorios de una comisaría de policía.

    —Nuestra relación era estrictamente profesional, créame, también preguntaría por usted si fuera el caso —contestó el doctor con cierto temblor en la voz que denotaba nerviosismo.

    —Cáncer —dijo Aldana—, de riñón.

    Montes palideció. No sabía nada al respecto y nadie le había llamado para informarle. ¿Qué ocurriría ahora con su trabajo?, Aldana no parecía saber nada y por supuesto no había ido a reemplazar a Leguade, sino a cancelar un experimento cuya existencia desconocía.

    —Se ha quedado usted blanco, ¿se encuentra bien? —preguntó Aldana incorporándose en su silla.

    —¡Oh!, sí, sí, muy bien, gracias. Habrá sido… —empezó a decir el doctor.

    —No hace falta que disimule, ustedes eran amigos y la noticia le ha afectado —le interrumpió Aldana.

    —Si éramos tan amigos ¿por qué no sabía nada? —dijo el doctor molesto por el hecho de que no le creyera.

    Aldana se quedó pensando en ello sin apartar la mirada de Montes. Sí que era verdad que su reacción le resultó tan extraña como real y eso le desconcertaba.

    —Él sólo vino por aquí en un par de ocasiones —continuó el doctor.

    —Siete veces exactamente —afirmó Aldana incisivo—, pero no se preocupe, le vuelvo a repetir que no he venido aquí para pedir explicaciones de en qué se ha empleado todo ese dinero, y como es de suponer que el señor Leguade ya no lo va a necesitar… —concluyó alargando el tono para insinuar que Leguade estaba robándole al Estado.

    —¿Cómo dice? —preguntó Montes indignado pero sin levantar el tono de voz, Leguade le inspiraba temor, pero Aldana no se quedaba atrás.

    —No me negará —empezó a decir éste—, que es bastante sospechoso que en la primera visita del señor Leguade, el presupuesto se multiplicara por diez y luego fuese incrementándose anualmente hasta aumentar casi cien veces en tan sólo seis años.

    —Le aseguro por mi honor, que cada uno de los euros que el Estado ha invertido en este instituto han sido gastados en él —afirmó el doctor categóricamente.

    —Señor Montes —dijo Aldana empleando un tono de voz más suave para relajar el ambiente—, no crea usted que pongo en duda su honorabilidad, pero me cuesta creer que su estudio de transgénicos sea tan caro o más, que poner un satélite en órbita. Sinceramente le digo que, o bien el dinero está en una cuenta numerada en las Islas Caimán, o bien no se dedican ustedes a lo que dicen.

    El doctor era brillante en su trabajo, pero entre sus habilidades no se encontraba la de disimular la mentira. El color desapareció de su rostro y comenzó a sudar y a sentirse cada vez más incómodo en su sillón, retorciéndose de un lado al otro y viceversa.  ¿Sería posible que Aldana supiera toda la verdad y estuviera jugando con él por mera diversión?  No sabía qué pensar, pero lo que parecía cada vez más irremediable era el hecho de que tendría que contárselo todo, lo supiera o no.

 

 

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Re: JANÍCULA episodio 1

6

 

    —¿Sabes?, se me ocurren varias preguntas —empezó a decir Sonia mientras Rodrigo y ella caminaban con prisa hacia el despacho de Montes—. ¿Qué finalidad tienen esos dispositivos de seguimiento?, ¿por qué yo, concretamente, no sabía nada al respecto?, ¿por qué lo sabes tú?, y la más importante en este momento, ¿lo sabe Cristóbal?

    Disponer una flota de vehículos privados provistos de localizadores GPS formaba parte del protocolo de los gobiernos de países del primer mundo, donde los secretos de estado jugaban un papel importante y a menudo se convertían en moneda de cambio. Nadie ahí fuera se interesaría en los estudios que, se suponía, llevaban acabo en el instituto, más cuando los resultados de éstos se hacían públicos, pero desde dentro, alguien con expectativas más propias de piratas medievales que de un científico, podría verse tentado a hacer negocios con los proyectos que desarrollaban y, en consecuencia, poner en peligro todo el experimento, cuya continuidad estaba sujeta al secretismo que lo envolvía. Desde luego, no fue idea del doctor Montes poner localizadores en todos los vehículos, fue Leguade quién se ocupó de ésta y otras muchas medidas, era parte de su trabajo y conocía bien cómo funcionaban los entresijos de las estructuras políticas más complejas, así que el doctor, en ese sentido, se limitó a observar y, por qué no, a aprender. Según Leguade, un ladrón siempre podía invertir el dinero suficiente para burlar la medidas de seguridad más sofisticadas, o podía invertir el tiempo necesario para sortear las medidas de seguridad más complejas, pero no podría hacer nada para eludir las que no conoce, por esa razón le obligó a mantener en secreto los localizadores.

    —Las dos primeras tendrá que resolvértelas el doctor —contestó Rodrigo—, en cuanto a por qué lo sé yo, pues quizás no pueda decirte cuántos caballos tiene mi coche si no miro el manual, o puede que no sepa dónde está el cigüeñal, de hecho, ni siquiera sé lo que es el cigüeñal, pero ¿sabes?, formo parte del equipo del ordenador más potente del planeta y soy demasiado feo para haber conseguido el puesto haciendo favores, ya me entiendes —levantó las cejas para hacer este último comentario—, ¿crees que hay alguna tecnología en mi coche que yo no conozca? Te diré más, sin contar los dispositivos adicionales, cortesía de EATS, mi coche tiene más tecnología ahora que cuando salió de la fábrica.

    —¡Vale!, tú lo descubriste, eso quiere decir que es probable que Cristóbal también lo haya descubierto —pensó Sonia en voz alta.

    —¿Bromeas? —dijo Rodrigo impresionado por aquella posibilidad—, Cristóbal puede hacer maravillas en C++, pero no es capaz de cargar su biblioteca de música del itunes en el ipod.

    —De acuerdo, entonces contamos con que… —empezó a decir Sonia.

    —En realidad no fue necesario ¿sabes? —interrumpió Rodrigo cabizbajo y con cierta culpabilidad en su tono de voz.

    Sonia se paró en seco y clavó la mirada en la nuca de su amigo, que siguió andando hasta que oyó que la voz de ella se quedaba atrás.

    —¿No estarás hablando en serio? —preguntó.

    Rodrigo se detuvo y se dio la vuelta para ver cómo ella le fulminaba con la mirada.

    —¿Qué esperabas?, los frikis somos así, necesitamos que otros sepan de nuestras habilidades, si no, ¿de qué sirve tenerlas? —contestó.

    —No, si es lógico, trabajáis juntos, pasáis muchas horas ahí metidos, y además os lleváis bien, sois buenos amigos, es normal que él te cuente sus cosas y tú le cuentes las tuyas —dijo Sonia retomando el camino al despacho del doctor Montes—. Bien, ahora sabemos que lo sabe, pero cabe la posibilidad de que el estado en el que se encuentra no haya pensado en ello, eso son detalles que uno tiene en cuenta cuando planea algo y no cuando se improvisa.

    —Vale la pena probar —la alentó Rodrigo caminando a su lado con cierta dificultad para seguir su paso.

    —Ya lo creo que sí —dijo ella acelerando aún más.

 

 

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Re: JANÍCULA episodio 1

7

 

    Cuando Rodrigo agarró el brazo de Sonia y tiró de ella, Cristóbal supo al instante que quería hablarla sin que él oyera lo que decían. No le hacía falta, sabía perfectamente cuál iba a ser el tema de conversación, exactamente el mismo que si fuera él quién hablara con ella y Rodrigo estuviera sentado en aquel rincón, por eso no guardaría rencor a su compañero. Agradecía la actitud de Sonia al querer protegerles a su esposa y a él, pero conocía el protocolo y era consciente de que Rodrigo tenía razón, no se podía intervenir en las predicciones de Jano. A pesar de que llevaba mucho tiempo cumpliendo a rajatabla esa norma, con la que estaba completamente de acuerdo, esta ocasión era distinta, sólo él estaba en disposición de impedir que ocurriese sin darse opción a una segunda oportunidad.

    Conducía nervioso pero con un destino muy claro. Llegó a la glorieta que daba la bienvenida a Parla por la entrada norte y titubeó un momento mirando hacia el frente, a lo lejos, consciente de que allí, entre las paredes de uno de los edificios del pueblo se encontraba su mujer, a salvo de él y de los hechos que procuraría que no ocurriesen. Mientras hacía la glorieta y cogía la tercera salida para rodear el pueblo por la M-408, utilizó el manos libres para hacer una llamada. Sin apartar la vista de la carretera marcó el número de su esposa.

    El cociente intelectual de Cristóbal era superior a 180 y había cursado estudios de ingeniería en la universidad de Oxford, lo que le había procurado una exitosa carrera profesional a la vez que productiva. Mientras estudiaba allí, trabajó de reponedor en un supermercado, donde conoció a la que, con el tiempo, se convirtiría en su mujer. Esther nunca había tenido la necesidad de trabajar, cosa que, durante sus primeros años en España, agradeció enormemente, ya que el idioma no lo tenía dominado aún, pero con el tiempo lo fue hablando cada vez mejor hasta que sólo le quedó un sutil acento que a Cristóbal le hacía mucha gracia. Con la burbuja inmobiliaria inflándose sin límite a la vista, unos amigos de la pareja probaron suerte en el negocio de la venta de pisos y quisieron contar con ella, que aceptó encantada de sentirse útil y valorada. El negocio fue fantástico los primeros años, pero la burbuja encontró su límite y estalló llevándose consigo la gallina de los huevos de oro. Las ventas de viviendas descendieron vertiginosamente y muchas inmobiliarias se habían visto forzadas a cerrar o a reconvertirse en otros negocios. No fue el caso de los amigos de Cristóbal y Esther, y a ella no le preocupaba ganar menos dinero, afortunadamente no lo necesitaba, así que no le importó continuar acudiendo allí todas las mañanas, a pesar de que había meses que no vendía nada. Aquella mañana no era distinta de las anteriores en cuestión de trabajo, varias llamadas de clientes interesándose por los precios de algunas viviendas pero ninguna cita para enseñarlas. Cuando sintió la vibración de su teléfono particular lo cogió y miró el número en la pantalla, era el de su marido. Al principio se extrañó, Cristóbal siempre estaba demasiado ocupado en su trabajo para hacer llamadas privadas, descolgó y se colocó el auricular en la oreja esperando oír la voz de su esposo.

    —¿Cristóbal? —preguntó al no oir a nadie al otro lado de la línea.

    —Hola princesa —dijo al fin Cristobal con la voz apagada.

    —¿Pasa algo? —preguntó Esther preocupada por el tono de voz de su marido y la pausa antes de contestar.

    —No pasa nada mi amor, sólo quería oír… —en ese momento Cristobal se dio cuenta de que estaba siendo demasiado dramático y debía disimular con un tono de voz más jovial y una conversación más rutinaria— …saber… eh, si te gustaría ir…, a…, Madagascar, no me salía el nombre.

    —¿Te encuentras bien? —insistió su esposa contrariada por la pregunta completamente fuera de contexto.

    —¡Oh, sí!, es sólo que Rodrigo ha estado allí en su semana de vacaciones y me ha estado contando el viaje —contestó con un tono más natural.

    —¿Rodrigo?, ¿en Madagascar?, pero si a ese le quitas la conexión a internet y le salen sarpullidos por todo el cuerpo.

    —Sí, él sólo, eh, bueno, es que ganó el viaje en un sorteo ¿sabes?, yo tampoco me lo imaginaba allí, pero la verdad es que me ha dado envidia, y tal y como lo describe creo que a ti te encantaría.

    —¿Estás en el laboratorio? —preguntó Esther extrañada.

    Cristóbal era uno de los pocos miembros del equipo que tenía pareja y había tenido que mentirla diciendo que trabajaba en el laboratorio de investigación y desarrollo del instituto, concretamente, desarrollando tecnología que facilitase la manipulación genética de los vegetales a nivel atómico, algo que se asemejaba a su trabajo real y que le permitía tener conversaciones con su esposa sobre sus jornadas sin tener que mentirla o inventarse nada, simplemente le contaba la verdad y no difería mucho de la verdad que hubiera sido si en realidad se dedicase a lo que Esther pensaba.

    —¿Dónde voy a estar? —contestó Cristóbal confundido por la pregunta de su mujer.

    El daba por echo que no se le había escapado ningún detalle hasta que Esther le preguntó:

    —¿No estás conduciendo?

    Entonces Cristóbal se dio cuenta de que debía estar oyendo el motor del coche y buscó una excusa que le sacara de aquel atolladero, cualquiera le servía, no pretendía convencerla, sino que aquella conversación no terminase con una discusión. De todos modos, más tarde ella sabría que en realidad sí que estaba en el coche, aunque ya importaría poco.

    —¡Oh, no! —dijo tratando de parecer natural al tiempo que inventaba—, es un ventilador, bueno, uno industrial, es como un edificio de dos plantas, ¿sabes?. Es un prototipo, lo estamos probando ahora.

    —¿Un ventilador? —preguntó ella extrañada.

    Nunca había oído a su marido hablar de ventiladores en lo que a trabajo se refería y, desde luego, uno del tamaño de un edificio de dos plantas era para mencionarlo al menos.

    —¡Vaya!, lo siento princesa, tengo que comprobar los datos que nos está dando esto en el ordenador o los operarios que lo sostienen se van a enfadar mucho conmigo, estos tipos no tienen mucha paciencia, será mejor no hacerlos esperar —aseguró terminando la conversación, aunque sabía que Esther no se daría por satisfecha con la excusa del ventilador.

    —Vale, luego hablamos.

    —Sí…, te quiero —dijo con melancolía.

    Esther quiso responder pero la línea ya se había cortado. La extrañaron muchas cosas de esa llamada, pero lo que no comprendía era qué motivo podía tener su marido para mentirla diciendo que estaba en el laboratorio cuando era obvio que iba conduciendo. ¿¡Un ventilador!?, ¿¡del tamaño de un edificio!?, no, él sabía que no podría engañarla con algo tan improvisado y ella le conocía a él lo suficiente como para saber que era consciente de que no le había creído. Entonces, ¿por qué lo intentaría?, se preguntaba. Y ese último “te quiero” que sonó más bien a un adiós no hizo sino empeorar sus sospechas de que algo raro pasaba y tenía el presentimiento de que no era nada bueno.

    —Raquel, ¿te importa si salgo un rato?, tengo unas cosas que hacer —preguntó Esther mientras se giraba hacia su compañera, que era, junto a su marido, la dueña del negocio.

    —Tranquila —contestó observando su estado de nervios y su respiración ligeramente acelerada—, tómate el tiempo que necesites. ¿Va todo bien?

    —¡Oh!, sí, gracias, no tardaré —dijo sin mirar a su compañera antes de salir corriendo de allí.

 

 

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Re: JANÍCULA episodio 1

8

 

    —Así que ahora ocupa usted el puesto de Leguade ¿no es cierto? —preguntó Montes.

    —¿Ocupar yo su puesto? —contestó Aldana sorprendido por la conclusión a la que había llegado el doctor— En absoluto. Leguade, al margen de su cargo político, dirigía una organización, financiada por el Estado, de la que no puedo hablarle, y eso no se consigue opositando ¿sabe?, es necesario tener una cartera muy gruesa y, créame, el compartimiento de amigos —hizo un gesto con ambas manos para entrecomillar la palabra amigos—, debe ocupar más de la mitad del espacio disponible en su interior.

    —Me sorprende que tengamos organizaciones secretas en este país, pero…

    —¿Secretas? —interrumpió Aldana—. ¿Cree que no puedo hablarle de ella porque es secreta? No, doctor. No puedo hablarle de ella porque no existe.

    —De acuerdo, no existe —aceptó el doctor con resignación, sabía que no iba a sacarle a Aldana ninguna información al respecto, así que prefirió no insistir—, pero ¿quién ocupa su puesto ahora y por qué es usted quién está aquí y no él? —preguntó Montes con notable interés.

    —Aún no han nombrado a nadie. Dirigir una organización gubernamental que no existe requiere opositar de manera distinta, como ya le he dicho —explicó Aldana con ironía—. De momento, algunas de sus funciones se han repartido. Como ya le anuncié al inicio de esta reunión, yo me encargo de sacar la basura, por eso estoy aquí, este instituto es uno de sus asuntos más turbios —concluyó.

    —Verá —empezó a decir el doctor con un tono seco, acercándose a la mesa—, entiendo que este instituto le parezca un asunto turbio…

    —¡Oh!, no, a mí no, que también, pero es al Estado al que se lo parece, ellos me han mandado —se apresuró a aclarar Aldana interrumpiendo a Montes.

    —De acuerdo —continuó el doctor—, al Estado le parece un asunto turbio, razón de más para sentir la obligación de aclarar todo esto inmediatamente.

    —¿Aclarar todo esto?, por favor ahórreselo, no le servirá de nada, al contrario, podría ser contraproducente para usted.

    —Insisto —se empeñó Montes sabiendo que Aldana no tenía ni la menor idea de lo que iba a contarle, aunque él creyese que sí.

    —Por favor, déjelo, sólo he venido a cerrar su instituto, no necesito saber lo que hacen aquí ni cómo lo hacen, si me cuenta cómo se apropiaban usted, Leguade y quién sabe cuántos más, de un dinero que no era suyo, me veré obligado a informar de ello y tendré que enviarle a la cárcel. Créame, no es necesario —explicó Aldana con tono condescendiente.

    —Le ruego que me escuche —suplicó el doctor—, le repito que el dinero que el Estado ha invertido en este instituto ha sido gastado íntegramente en sus proyectos.

    —¿De verdad quiere hacerme creer que esos matojos de ahí fuera valen 125 millones de euros? —dijo Aldana incrédulo señalando hacia la ventana.

    —No… exactamente —contestó el doctor titubeando.

    Había conseguido confundir a Aldana que ahora deseaba que el doctor siguiera hablando.

    —¿Qué quiere decir con “no exactamente”? —preguntó ladeando la cabeza e incorporándose en su silla para apoyarse sobre la mesa, como si tuviera prisa por que las palabras llegasen cuanto antes a sus oídos.

    —De acuerdo, se lo contaré —empezó a decir Montes con cierto sentimiento de alivio—. Leguade trabajaba para el gobierno y todas nuestras actividades estaban autorizadas y supervisadas por él, por lo tanto nunca tuve la sensación de estar haciendo nada indebido o ilegal, a pesar de su insistencia de mantenerlo en absoluto secreto.  Ahora bien, si el señor Leguade no va a volver a ocupar su puesto, y por lo tanto, se desvincula de este instituto y sus actividades, de las cuáles, por lo que veo, no ha informado a nadie, yo necesito que usted, o quién sea, se haga responsable o que, al menos, tenga conocimiento de nuestro trabajo. No puedo permitir que, tanto el instituto como las personas que trabajan en él, lo hagan al margen de la ley, así que, le pido disculpas de antemano, pero he de asegurarme de que no le cuento esto a quién no debo, conociendo a Leguade no me extrañaría que me estuviese poniendo a prueba. Por favor, le ruego que me conteste, aunque parezca una obviedad, ¿pertenece usted al gobierno o no?

    A Aldana le resultó redundante, aun así, intrigado por el rumbo que había tomado la conversación, contestó sin reparo.

    —No se preocupe, le entiendo perfectamente y admiro su sagacidad, además, creo que me lo contará usted antes si le contesto que si le obligo a hacerlo. ¿Sabe?, muchos dirían que no, esos dinosaurios, no quieren darse cuenta de que hoy en día la política se hace de otra manera —reflexionó—, pero sí, hablando usted conmigo lo hace con el gobierno, así que si tiene algo que decir sobre las actividades que Leguade autorizaba a llevar a cabo en este sitio, considéreme su sustituto a todos los efectos.

    —¿Quién podría confirmarme su identidad? —preguntó Montes descolgando el auricular del teléfono.

    —¡Vamos!, ¿está usted hablando en serio? —dijo Aldana sin terminar de creérselo.

    El doctor sujetaba el auricular a la altura de su oreja izquierda al tiempo que estiraba el dedo índice de la mano derecha y lo mantenía en el aire cerca de los números esperando a que Aldana hablase para pulsar los adecuados.

    —Está bien —cedió éste con resignación—, supongo que ésta es una batalla que me puedo permitir perder. Anteayer mismo estuve organizando esta visita en el ministerio de industria. El número de teléfono es público.

    El doctor usó su Smartphone para conectarse a internet y a continuación marcó el número y preguntó por Tomás Aldana. Le pasaron a una extensión donde una voz femenina le dijo lo que él ya sabía, que no se encontraba en el edificio, tras lo cual pidió que le pasaran con alguien que conociese a Aldana o que le hubiera visto en persona. La voz que le hablaba al otro lado de la línea se ofreció a ayudarle y el doctor pidió una descripción física que recibió de inmediato, no sin cierto reparo, aún así, la descripción se ajustaba al hombre que Montes tenía enfrente y colgó el teléfono satisfecho.

    —¿Y bien? —preguntó Aldana impaciente por escuchar lo que el doctor había insistido en contarle.

    —Lo siento, era necesario —contestó Montes cabizbajo.

    —De acuerdo, no se lo tendré en cuenta, sólo espero que lo que sea que vaya a contarme merezca la pena, y le advierto que no soy fácil de impresionar.

    Montes se levantó y comprobó que la puerta estuviese cerrada bajo la atenta mirada de Aldana, cuya curiosidad crecía con cada gesto del doctor, a cuál más extraño, luego caminó hasta la ventana y miró fuera, como si fuera posible que hubiera alguien al otro lado con la oreja pegada al cristal intentando captar algo de lo que allí se decía. Finalmente se sentó de nuevo, se arrimó a la mesa y comenzó a hablar en un tono muy suave, obligando a Aldana a acercarse a la mesa también.

    —¿Qué sabe usted sobre leer el pensamiento? —preguntó.

    Aldana le miró con estup0r, no sabía si trataba de bromear o estaba hablando en serio, lo que sí sabía era que su curiosidad acababa de tocar techo y no estaba dispuesto a averiguarlo, así que contestó sin más.

    —Lo mismo que usted, supongo. Lo que he visto en las películas.

    —¿Y si le digo que es posible?

    —¿Leer el pensamiento? —se extrañó Aldana—. Me costaría creerlo, la verdad.

    —Pues así es —dijo el doctor antes de continuar—. Deje que le haga otra pregunta, ¿ha oído usted hablar de Janícula?

    —¿Janícula dice?, me temo que no —confesó frunciendo el ceño.

    —Lo que me figuraba —empezó a decir el doctor—. Verá, el año pasado, la revista especializada “Journal of neuroscience”, revista que doy por hecho que usted no lee, publicó un estudio que demuestra que es posible traducir las ondas cerebrales en palabras. Hablando en otros términos y para que usted lo entienda, que es posible leer el pensamiento. El hito lo consiguió un equipo liderado por el bioingeniero Bradley Greger, colocando electrodos en los centros del habla del cerebro de un paciente epiléptico. Conectaron los electrodos a un ordenador preparado para reconocer las señales cerebrales y presentaron al paciente varias palabras. A continuación pidieron al paciente que tratara de repetir las palabras en voz alta y comprobaron que, entre el 76% y el 90% de los casos, el ordenador mostraba las mismas señales cerebrales para cada palabra que las que había mostrado cuando sólo se le enseñaron las imágenes. Esto quiere decir que pensar en una palabra produce las mismas señales cerebrales que decirla, sólo hay que leer esas señales cerebrales e interpretarlas —Montes hizo una pausa que dio pie a que Aldana, muy atento y aparentemente fascinado por el relato, hiciese algunas preguntas.

    —Es muy interesante, pero, ¿dónde quiere ir a parar? ¿Qué tiene que ver este instituto con el señor Greger o con leer el pensamiento?

    —Por supuesto —dijo el doctor tratando de rebajar la excitación de su oyente—, verá, nosotros disponemos de esa tecnología desde el principio, aunque considerablemente más avanzada, la gente en el pueblo no va con la cabeza sembrada de electrodos —dijo con hilaridad—, nuestras antenas son capaces de detectar las señales cerebrales por el aire, vía wifi.

    Desde luego, las expectativas de Aldana habían sido satisfechas, se había quedado atónito, no sabía qué preguntar para continuar la conversación salvo lo evidente.

    —¿A dicho que disponen de esa tecnología desde el principio?  Explíqueme eso.

    —Quiero decir, desde que Leguade nos visitó por primera vez —contestó el doctor asegurándose de contar todos los detalles.

    A continuación le contó cómo recordaba con pavor y satisfacción al mismo tiempo el día en que Leguade irrumpió en su despacho.

    Entró seguido de una procesión de armarios trajeados, idénticos a los que acompañaban a Aldana, y sin mediar palabra dejó caer un dossier encima de la mesa exigiendo un presupuesto. El contenido era denso y considerablemente complejo, así que necesitó unos días para estudiarlo en profundidad y darle una respuesta. Al principio creyó estar leyendo ciencia ficción y llegó a pensar que se trataba de algún tipo de broma, pero conforme leía se daba cuenta de que lo que se proponía en aquellas páginas no era imposible desde el punto de vista de la ciencia. Cuando Leguade regresó, antes de que Montes dijera una palabra, sacó una serie de formularios y los puso sobre la mesa. Eran los formularios oficiales que el doctor rellenaba cada cinco años para solicitar la financiación del Estado. Alguien los había rellenado dejando en blanco los espacios que correspondían a la cantidad solicitada y a la firma de Montes. Leguade exigió su presupuesto y el doctor se lo escribió en un postit, no sin antes advertirle de que gran parte del contenido de aquel dossier, aunque factible desde el punto de vista de la ciencia, requeriría reinventar conceptos matemáticos, entre otras cosas, si alguien quisiera llevarlo a cabo. Estaba de acuerdo con que se podía hacer, pero quizás en cien años, o más bien, con las matemáticas y la física del próximo siglo. Leguade, lejos de dejarse intimidar por los conocimientos del doctor, sacó una pluma y anotó el número que Montes había escrito en el postit, en el espacio en blanco de los formularios, luego los giró y se los acercó al doctor para que los firmara mientras le explicaba que el proyecto debía ser secreto. Él mismo pasaría una vez al año para discutir sobre el progreso de los distintos experimentos y se encargaría de los trámites de la financiación, fuera cuál fuese el coste. Por supuesto, el estudio de los transgénicos continuaría para proporcionar una tapadera en la que apoyar dicha financiación. Antes de firmar, Montes se vio sumido de un conflicto de intereses. Por una parte estaba el científico al que se le abría una magnífica puerta que sólo tenía que cruzar para conseguir logros comparables al descubrimiento de las leyes de la gravitación universal y del movimiento por parte de Isaac Newton, al dominio de Maxwell de la fuerza electromagnética o a la teoría de dimensiones más altas introducida por Riemann en su famosa conferencia en la facultad de la universidad de Gotinga, en Alemania, que dio a luz una nueva geometría, dejando atrás la geometría clásica de Euclides, inamovible durante 2.000 años. Por el otro lado estaban sus ideales, que le dictaban que la ciencia y el conocimiento eran patrimonio de la humanidad y sus avances no debían ocultarse. Trató de desequilibrar la balanza hacia alguno de los dos lados y le vino a la cabeza cierta fórmula, publicada en 1905 en el número 18 de la revista alemana “Annalen der Physik” por un desconocido analista de la oficina de patentes de Berna, Suiza, llamado Albert Einstein. La fórmula no era otra que E=mc2, la cuál sentaba las bases para obtener una gran cantidad de energía a partir de una mínima cantidad de materia, lo que le recordó sendas  bombas atómicas lanzadas en Hiroshima y Nagasaki y el desastre nuclear de Chernobyl. Luego pensó en las posibilidades de algunos de los experimentos que había leído en aquel dossier y pensó que tal vez la humanidad no debería saberlo todo. Se disponía a firmar cuando una nueva duda le detuvo: la mayoría de esos experimentos no se podían llevar a cabo con las matemáticas y la física de este siglo, pero en realidad ninguno de ellos se podría realizar porque, para algunos, la energía necesaria era increíblemente grande y proporcional a la dificultad de conseguirla, para el resto, la cantidad de energía necesaria era simplemente mayor a la disponible en todo el planeta. ¿Para qué le estaba dando Leguade el dinero? Un nuevo dossier, más fino que el anterior, aterrizó delante de los ojos del doctor. Lo cogió intrigado y lo examinó con esmero durante varios minutos. Cuando terminó, tenía los ojos abiertos como platos y su estado de excitación era difícil de disimular. Cogió la pluma de Leguade y garabateó el formulario.

 

    —Mantuvimos el estudio de los transgénicos como tapadera y se amplió el presupuesto, bueno, eso ya lo sabe, para iniciar el experimento “Janícula”, que comprende diversos proyectos. El primero y más avanzado es “Jano”, y se trata de una compleja y sofisticada red de antenas que recogen las señales cerebrales y las envían a un ordenador, éste las interpreta y las traduce en palabras.

    —¿Una red de antenas?  ¿Dónde? —preguntó Aldana mirando a su alrededor.

    —Distribuidas por todo el pueblo —contestó Montes dirigiendo la mano hacia la ventana  haciendo un gesto de barrido de izquierda a derecha.

    —Un momento, ¿me está diciendo que experimentan con la gente? ¿Con qué fin, qué utilidad tiene? —preguntó Aldana que empezaba a pasar de la fascinación a la decepción.

    —Cuando Jano interpreta…

    —Perdone, ¿Jano? —intenrrumpió Aldana con el ceño fruncido

    —Discúlpeme, estamos tan poco acostumbrados a tratar con gente de fuera, Jano es el ordenador, un superordenador en realidad —aclaró antes de continuar—. Como decía, cuando Jano interpreta que alguien va a cometer un delito, obviamente, porque lo ha pensado, nos facilita un pronóstico por escrito con los datos de dicho acto. Nosotros lo almacenamos y cuando el delito se va a cometer avisamos anónimamente a las fuerzas de seguridad —contestó el doctor llevando a Aldana hacia la fascinación de nuevo.

    —Pero si no hay delito, las fuerzas de seguridad no podrían hacer nada.

    —Hemos pensado en todo y se ha desarrollado un protocolo para actuar bajo sus parámetros —empezó a decir Montes—. Sabemos cuánto tarda la policía en presentarse cuando damos un aviso, así que procuramos que se coja a los delincuentes con las manos en la masa.

    —Un momento, ¿pretende decirme que pudiendo evitarlo, dejan que los delitos ocurran?  ¿Dejan que muera gente? —dijo Aldana tan sorprendido como exaltado.

    —No es tan simple ¿sabe? —explicó el doctor—. Para empezar, usted lo ha dicho, si no hay delito no se puede detener a nadie.

    —¿Y cuál es el problema? Porque yo veo una ventaja, no muere gente —afirmó con rotundidad.

    —Yo pensaba cómo usted, igual que muchos otros implicados en el proyecto, y al principio lo hacíamos así, evitábamos que ocurriesen por nuestros propios medios, hasta que un día, un hombre atropelló a su mujer y a su hija cuando éstas cruzaban la calle por un paso de peatones. La mujer había recogido a la niña del colegio y pararon en un mercado a comprar unas cosas que necesitaban, por lo que tardaron aproximadamente una hora más de lo habitual. Cuando salieron del mercado, la casualidad quiso que su marido estuviera detenido con su vehículo cediendo el paso a unos peatones que cruzaban. Los testigos contaron cómo esperó unos segundos allí parado a que su mujer y su hija llegasen a cruzar para acelerar y, bueno, ya se lo imagina ¿no? Tan sólo unas horas antes habíamos evitado que ese mismo hombre estrangulase a su mujer en su propia casa, lo que se hubiera convertido en el enésimo delito por violencia de género, una desgracia sin duda, pero la niña seguiría viva —terminó el doctor con la mirada perdida en un pasado que no podía cambiar.

    —De acuerdo —empezó a decir Aldana más comprensivo cuando fue interrumpido por el doctor que, al parecer, no había terminado.

    —También está el hecho de que habría que hacer público el sistema por el cuál se conocen los hechos antes de que sucedan, si no fuera así, las fuerzas de seguridad del Estado no se prestarían a impedir un delito que aún no ha tenido lugar. La consecuencia más inmediata sería que los delincuentes aprenderían a burlarlo, qué sé yo, aprendiendo a no pensar en lo que se proponen o con alguna droga, el caso es que si lo lograsen, el sistema dejaría de ser efectivo y por lo tanto, útil.

    —¡Vale!, lo entiendo y creo que estoy de acuerdo, pero no termino de ver el beneficio —dijo Aldana un tanto contrariado.

    —El beneficio es el hecho de que no hay delito impune —explicó el doctor—. Cualquiera que piense en cometer alguno sabrá que el final siempre es el mismo, siempre, y eso, con el tiempo, hará que nadie quiera cometerlos.

    —Reconozco que me ha impresionado, la verdad, no lo esperaba —afirmó Aldana con cierta satisfacción.

    —¿Entenderá que le pida replantearse la clausura del experimento?

    Montes daba por informado al Estado de sus actividades, que por otra parte, había autorizado por medio de Leguade. No era culpa suya que éste no informase de ello a nadie. Se reclinó en su sillón buscando una postura cómoda y lejana a los buenos modales para esperar la respuesta de Aldana, que  no tardó en llegar.

    —No hace falta que me lo pida, he de reconocer que este asunto ha dado un giro de 180 grados, no cancelaré su financiación, de momento. Necesitaré conocer más a fondo el experimento…, ¿cómo ha dicho que se llama? —preguntó Aldana tratando de hacer memoria.

    —Janícula —se apresuró a decir el doctor, ahora con otra cara después de oír esas palabras.

    —Janícula —repitió Aldana—. Necesitaré conocer más a fondo el experimento Janícula para evaluar sus posibles aplicaciones y, por tanto, su utilidad, si no tiene usted inconveniente.

 

 

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Re: JANÍCULA episodio 1

9

 

    Varias voces al otro lado de la puerta llamaron la atención de ambos contertulios. En seguida las voces se convirtieron en gritos y luego en un alboroto. Aldana estaba tranquilo, sabía que los hombres que había allí fuera no dejarían que ninguna amenaza para él entrase a cumplir con su objetivo, cualquiera que fuese. Montes, por el contrario, se mostró extrañado y con cierta preocupación al reconocer en seguida algunas de las voces. Se levantó y caminó hacia la puerta para abrirla y descubrir lo que ocurría al otro lado. Sonia forcejeaba con los dos guardaespaldas de Aldana tratando de entrar en el despacho mientras Rodrigo permanecía quieto, diez pasos atrás, observando el espectáculo incrédulo.

    —¿Puedo saber qué es lo que ocurre aquí? —preguntó el doctor en un tono duro sabiendo que no era rival para aquellos dos hombres altos e interminablemente anchos— ¡Suéltenla inmediatamente! —exigió.

    Aldana, que se había levantado después del doctor y le había seguido hasta la puerta para satisfacer su curiosidad, asintió con la cabeza dirigiéndose a sus hombres, que soltaron a Sonia de inmediato.

    —¿Es verdad que tiene usted controlados los movimientos de los vehículos de todo el personal? —preguntó ésta colocándose la maltrecha camisa tras el forcejeo.

    —¿Cómo dices? —se extrañó Montes.

    —Los malditos localizadores, no se haga el tonto —dijo ella, todavía excitada por el esfuerzo, mientras se abría camino hacia el interior del despacho.

    —¿Pero qué es lo que pasa, a qué viene todo esto? —preguntó el doctor frunciendo el ceño sin entender nada—. Por si no os habéis dado cuenta estoy reunido —dijo señalando a Aldana.

    —Pues la reunión ha terminado —espetó Sonia desafiante.

    El doctor se disponía a terminar con la desfachatez de su empleada cuando Rodrigo se acercó a él y le entregó el parte con el pronóstico de Jano en el que se detallaba el delito que Cristóbal iba a cometer.

    —No es posible —exclamó Montes en voz alta después de haberlo leído—. Pasa Rodrigo.

    Rodrigo entró en el despacho y se detuvo al lado de su compañera expectante. El doctor cerró la puerta dejando al otro lado a los dos guardaespaldas e inició las presentaciones.

    —El es Rodrigo —empezó el doctor señalando a unos y a otros—, es uno de los operarios del proyecto Jano. Ella es Sonia, se encarga de la seguridad, dentro y fuera del edificio. El es Tomás Aldana, es del gobierno, está aquí para evaluar la viabilidad del experimento Janícula, si os solicita algún tipo de información, se la facilitáis. ¿Cuándo ha salido esto? —preguntó acercándose a Rodrigo y enseñándole el parte que le había entregado unos segundos antes.

    —Hará cuestión de una hora —contestó éste.

    —¿Una hora dices?  ¿Y dónde está Cristóbal ahora?

    —Se ha ido, necesitamos que localice su coche, ¿puede hacerlo? —intervino Sonia exaltada.

    Montes clavó la mirada en Rodrigo, era consciente de sus habilidades y sabía que si alguien había descubierto los localizadores, ese era él.

    —Yo la he dicho que no deberíamos buscarle, el protocolo… —pretendía explicarse Rodrigo interpretando mal la mirada del doctor, cuando Sonia le interrumpió.

    —¡Al infierno el protocolo, esto no va a pasar, con su ayuda o sin ella! —gritó con énfasis dirigiéndose al doctor y señalando el parte que éste sostenía.

    —Por favor, tranquilízate —empezó a decir Montes poniendo la mano en el hombro de Sonia con condescendencia—, no vamos a dejar que ocurra.

    Rodrigo abrió los ojos como platos, no entendía nada y se dispuso a hablar cuando el doctor, que esperaba su reacción, le miró y se adelantó, resolviendo su duda.

    —El protocolo no se puede aplicar a este caso.

    Rodrigo no daba crédito a las palabras que acababa de escuchar y discurrió sobre ellas durante unos segundos sin encontrar la conclusión a la que había llegado el doctor.

    —¿Cómo dice? —preguntó finalmente.

    —Sí, explique eso, por favor —añadió Aldana sumándose a la conversación con sumo interés.

    —Por supuesto —dijo el doctor con tranquilidad para asegurarse de que entendían lo que pretendía explicarles, sobre todo Aldana, que no estaba acostumbrado a aquellos términos y menos aún a los problemas que generaban sus proyectos—. El protocolo fue diseñado para los casos en los que la predicción de Jano es una consecuencia.

    —Perdone —se apresuró a decir Aldana antes de que el doctor avanzase aún más en su explicación y se convirtiese en un galimatías para él—, ¿una consecuencia de qué?

    —De nuestros pensamientos, por supuesto —continuó Montes ante la expectación que habían provocado sus palabras—. Imagine que delante suyo hay cinco puertas y sólo detrás de una de ellas hay un maletín con miles de euros que usted encuentra tremendamente atractivo —dijo dirigiéndose a Aldana para utilizarle en la recreación—. Usted posee un mapa que le proporciona información sobre la existencia de las cinco puertas, pero no le dice detrás de cuál de ellas se esconde el maletín, así pues, sabiendo que dispone de cinco días para hacerse con él, establece un modus operandi determinando que el primer día abrirá la puerta número uno, el segundo día abrirá la puerta número dos, el tercer día abrirá la número tres y así sucesivamente. Jano sabe que el maletín se esconde tras la puerta número cuatro porque alguien lo puso allí, y ese alguien pensaba —hizo un gesto llevándose los dedos índice y corazón de cada mano hacia la cabeza y luego agitó todos los dedos de ambas manos hacia arriba indicando que Jano vería esos pensamientos—. Con todos esos datos, puede predecir que usted encontrará el maletín el cuarto día y decírnoslo a nosotros el día uno, o el dos, o incluso el tres y nosotros podríamos estar allí esperando con una botella de cava bien frío para celebrarlo. En un caso como éste, la predicción es consecuencia de sus pensamientos y los de quién escondió allí el maletín. Ahora imagine que usted no tiene ningún mapa y por lo tanto, esas cinco puertas no le despiertan el más mínimo interés. Jano sabe que detrás de la número cuatro se esconde un maletín con miles de euros y decide hacer una predicción, que usted la abrirá y lo encontrará, y además le proporciona dicha predicción. Usted, que no es estúpido en absoluto, se acerca a la puerta número cuatro, antes carente de interés, la abre y encuentra el maletín. En este caso, la predicción no es una consecuencia, sino la causa. Si no hubiera habido predicción usted no habría abierto la puerta y no habría encontrado el maletín.

    Montes terminó su explicación y, a pesar de que los tres comprendieron la lógica de sus palabras y sabían que lo que decía era cierto, Rodrigo se resistía a transigir con aquella conclusión.

    —Pero eso es imposible, eso quiere decir que… —empezó a decir Rodrigo

    —Que Cristóbal conocía la predicción —le interrumpió el doctor— y, aunque no es seguro al cien por cien, la probabilidad de que dicha predicción sea la causa de lo que predice es demasiado elevada para ignorarla.

    —Entonces tenemos un problema aún mayor que éste —dijo Rodrigo poniendo el dedo encima del parte que el doctor había dejado sobre de la mesa.

    —Mucho me temo que así es —contestó Montes con la mirada perdida y visiblemente preocupado.

    —¿Un problema aún mayor? ¿De qué demonios está hablando? —preguntó Sonia contrariada.

    —¿Sabe?, estaba a punto de hacerle la misma pregunta —dijo Aldana dirigiéndose al doctor al tiempo que señalaba a Sonia.

    —Estoy hablando de que cuando una predicción es la causa de lo que predice, aunque pueda parecer una paradójica casualidad, no lo es en absoluto, en realidad está hecho a propósito —explicó Montes alternando la mirada entre Aldana y Sonia.

    —¡Eso es imposible! —espetó ella acaloradamente—, nadie manipula las predicciones de Jano, es un proceso completamente estanco.

    —Lo es —dijo el doctor mirándola a los ojos.

    Sonia permaneció quieta y pensativa unos segundos bajo la inquietante mirada del doctor hasta que, al fin,  llegó a la misma conclusión que él: el propio Jano había hecho esa predicción para provocar los hechos. Aldana tardó un poco más, pero también se percató. Tenían un grave problema, no obstante, tendría que esperar, ya que la prioridad era evitar esos hechos.

    —De acuerdo, encontremos a su amigo, luego discutiremos con más detalle sobre ese problema —dijo Aldana dirigiéndose a Montes.

    —Cierto, tiene usted razón —contestó el doctor cogiendo su Smartphone de la mesa—. Veamos… —pensaba en voz alta mientras lo manipulaba—, ¡aquí está!, se encuentra detenido en estas coordenadas: Latitud 40º 12’ 57.43’’ N, Longitud 3º 44’ 54.78’’ O.

    —¡Venga vamos! —se apresuró a decir Sonia mientras se dirigía hacia la puerta esperando que los demás la siguieran—, ya me explicará luego eso de los localizadores —terminó de decir sin mirar a nadie.

    El doctor tenía muchas cosas que explicar cuando todo aquello acabase.

    —¿Y qué vamos a decirle? —preguntó Rodrigo en voz alta—. Él quiere evitarlo, como nosotros, pero si nos presentamos allí pensará que queremos cumplir con el protocolo y huirá.

    Sonia se detuvo y se giró para escuchar, Rodrigo tenía razón.

    —Cierto, no había pensado en ello —afirmó Montes pensativo.

    —Yo hablaré con él —se ofreció Sonia con rapidez para salir de allí lo antes posible.

    —Nada de eso —intervino el doctor señalándola con el dedo—, tu trabajo es mentir si es necesario para conseguir tus objetivos.

    —Iré yo —dijo Rodrigo llamando la atención de Montes—, somos amigos, me escuchará.

    —Por eso mismo no puedes ser tú —se negó el doctor poniéndole una mano en el hombro—, los amigos se mienten si consideran que así se protegen. Lo mejor es que sea yo quién hable con él —concluyó.

    —De acuerdo entonces, vámonos ya —dijo Sonia con tono apresurado poniéndose de nuevo en marcha.

    —Supongo que nos acompañará —dijo Montes dirigiéndose a Aldana que asintió con la cabeza como si la afirmación fuera obvia.

    —Vendrá con nosotros dos en el coche… —empezó a decir Sonia refiriéndose al doctor y a sí misma.

    —¿Nosotros dos?, ¿no hay sitio para mí? —interrumpió atónito Rodrigo.

    —Tú volverás a Jano —intervino el doctor anticipándose a Sonia—, con nosotros no puedes hacer nada. Te mantendremos al corriente, no te preocupes.

    —Lo siento Rodrigo, es mejor así —dijo ésta apoyando la decisión de Montes, luego se giró hacia Aldana y continuó—. Le decía que vendrá con nosotros. Si va a venir alguien más —señaló hacia la puerta para referirse a sus guardaespaldas—, deberán ir a mucha distancia, no nos conviene llamar la atención de Cristóbal y espantarle antes de poder siquiera hablar con él.

    —Me parece bien —afirmó Aldana.

    Aldana, Montes y Sonia se pusieron en camino hacia las coordenadas en las que se encontraba detenido el coche de Cristóbal. Rodrigo regresó a Jano, donde le esperaban un par de partes recientes, con sendos pronósticos, expedidos en su ausencia. Estaba tan afectado por todo lo sucedido que al introducirlos en la base de datos no se dio cuenta de que uno de ellos estaba ocurriendo en ese mismo instante, poniendo automáticamente en funcionamiento el sistema de avisos a la policía local.

 

 

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Re: JANÍCULA episodio 1

10

 

    Cuando el coche de Esther se aproximó a su casa, el portón del garaje empezó a elevarse. Rodrigo les había instalado, a ella y a Cristóbal, un controlador de radiofrecuencia que se activaba automáticamente a una distancia de unos 20 metros. Dentro no había ningún vehículo, lo que decepcionó a Esther, que estaba segura de que iba a encontrar allí a su marido. Confundida y dudando de si estaba en lo cierto cuando creyó oír que Cristóbal conducía mientras hablaba con ella, guardó el coche, cerró el portón y entró en la casa para hacer una llamada de teléfono, quería comprobar si su marido se encontraba en su puesto de trabajo.

    En la planta de arriba, Juan y Roberto se esmeraban en abrir cajones buscando joyas y dinero. De repente, Roberto se detuvo y agarró el brazo del segundo para que dejase de hacer ruido.

    —Hay alguien en la casa —dijo con su voz lánguida.

    —¿Bromeas? —contestó Juan ignorando la advertencia de su compañero y retomando su labor.

    —No tronco —continuó Roberto agarrando de nuevo el brazo de Juan—, se ha oído la puerta del garaje y el motor de un coche, te doy mi palabra.

    Su insistencia hizo que Juan le prestase atención, aunque éste creyera que sólo fuese para comprobar que no decía más que tonterías y que en la casa no había nadie más que ellos, y que el ruido que había oído era el de ellos mismos revolviendo cajones. Ambos se acercaron a la puerta de la habitación, donde permanecieron inmóviles, sin hacer el más mínimo ruido, mirándose el uno al otro y escuchando. Nada, sólo silencio. Juan clavó la mirada en su amigo haciéndole entender que le estaba haciendo perder un tiempo precioso y se giró para continuar con su búsqueda cuando el agua descargada por una cisterna que provenía del piso inferior provocó el pánico de Roberto.

    —¡Te lo he dicho tronco, que había alguien en la casa! —balbuceó nervioso moviéndose de un lado a otro—, nos han pillado, nos han pillado…

    —¡J0der! —espetó Juan llevándose las manos a la cabeza y tratando de pensar qué hacer—. ¡Estate quieto, c0ño, que me estás poniendo nervioso! —le gritó a su compañero que no paraba de moverse y tartamudear.

    —¡Vaya marrón colega, nos van a enchironar!

    —Todavía no saben que estamos aquí ¿vale? —dijo Juan en voz baja y con calma para tranquilizar a su amigo.

    —¿Y qué hacemos? —preguntó Roberto esperando que su compañero resolviese la situación.

    —Vale, dame la pistola —dijo Juan extendiendo la mano hacia su amigo y mirando al pasillo.

    —¿La pistola?, ¡no j0das tronco, yo me piro…! —lloriqueó mientras hacía ademán de salir de la habitación con la clara intención de abandonar la casa.

    Juan le cogió del brazo y le metió de nuevo en el dormitorio de un tirón para que no alertase de su presencia a quien quisiera que estuviese allí abajo.

    —¿Qué c0ño crees que estás haciendo? ¿Es que quieres que nos trinquen? —dijo dirigiéndose a su amigo en voz baja, aunque notablemente enojado.

    —No tronco —contestó éste entre sollozos—, pero, ¿la pistola?, no somos asesinos, asesinos no, la pistola no tronco…— deliraba presa del pánico.

    —No vamos a matar a nadie ¡j0der!, pero ¿y si ahí abajo hay dos tipos de dos metros de altura?, ¿qué podríamos hacer en una situación como ésa sino amenazarles con un arma? —explicó haciendo recapacitar a su compañero.

    —Tienes razón tronco, se me ha ido la olla, perdona —se disculpó, más tranquilo, y le entregó la pistola.

    Juan empuñó el arma sin amartillar y los dos salieron al pasillo despacio, mirando a todas partes. Juan iba delante arrimado a la pared y despacio, para hacer el menor ruido posible. Roberto iba detrás, muy asustado y sin dejar de mirar hacia atrás. Al llegar a la escalera que comunicaba las tres plantas que tenía la casa, Juan miró arriba y abajo y empezó a bajar los escalones seguido de su amigo, que parecía una prolongación suya. Una vez abajo, Juan pudo ver lo que parecía un lavabo y un espejo a través de la rendija de una puerta entreabierta enfrente de ellos. Se acercó despacio y la abrió con un movimiento lo suficientemente rápido como para sorprender a quién se encontrase en su interior y bloquear así su reacción, pero lo suficientemente sigiloso como para que, si no hubiese nadie dentro, no llamase la atención de quién lo había usado hacía tan sólo unos segundos. Estaba vacío. La cisterna dejó de llenarse y el silencio evidenció una voz que procedía del salón. Los dos hombres caminaron con precaución hasta la puerta y miraron con cautela. Vacío, pero la puerta que daba al jardín estaba abierta. La voz venía de allí fuera. Era femenina, lo que tranquilizó a ambos, «quizás la dueña de la casa», pensó Juan. Habían vigilado durante semanas y se suponía que estaría vacía, pero que los dueños de la casa aparecieran echando a perder meses de rutina intachable era algo con lo que siempre tenían que contar. Avanzaron despacio hacia la puerta del jardín, pero esta vez, Juan empuñaba el arma a la altura de los ojos y apuntaba al frente con ella, no se fiaba de lo que pudiera encontrarse.

    —¡Cuidado tronco! —trató de gritar Roberto todo lo fuerte que pudo sin dejar de susurrar, para llamar la atención de su amigo.

    Juan estaba tan concentrado en la puerta que no se había dado cuenta de que al ir arrimado a la mesa, usándola como punto de referencia al mantener el contacto para no tener que apartar la mirada del frente, había arrastrado un paño a lo largo de toda ella, llevándose consigo un centro de mesa, una bombonera de cristal de murano y un juego de tres velas cuadradas aromáticas con un olor a lavanda bastante intenso. Por supuesto, nada cayó al suelo. Ambos, de forma automática, se entregaron a la tarea de devolver a la mesa su aspecto original, sin percatarse de que la voz que venía del jardín había dejado de oírse. Cuando terminaron de colocarlo todo y se dieron la vuelta para retomar su camino, una figura los miraba desde el marco de la puerta. El contraluz no permitía distinguir su rostro de cualquier otro, pero su vestido no dejaba lugar a la duda, era una mujer.

    —¡Quieta! —gritó Juan convencido, pero al hacer ademán de apuntar con la pistola se sintió estúpido al verla encima de la mesa, al lado de la bombonera.

    Esther echó a correr por el único lugar por el que podía alejarse de ellos, por el jardín. Juan recogió la pistola de encima de la mesa y la persiguió mientras Roberto permanecía en el salón, inmóvil, sin saber qué hacer. Esther flanqueó la casa hasta la puerta principal, la abrió, entró y cerró la puerta rápidamente tras de sí dejando fuera a Juan.

    —¡J0der, me cag0 en la p.uta! —gritaba éste exasperado apuntando y tratando de disparar a la cerradura una y otra vez sin conseguirlo—. ¡Pero qué mi.erda es esta, si no dispara!— espetó antes de echar a correr y volver sobre sus pasos para entrar en la casa por donde había salido, por la puerta del jardín.

 

 

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