Responder

Re: JANÍCULA episodio 1

11

 

    El coche del doctor avanzaba con prisa hacia las coordenadas que Sonia había introducido en el navegador por satélite. Por supuesto, ella conducía mientras que Aldana y el doctor viajaban en la parte de atrás. Aldana tenía muchas preguntas que hacer, tantas, que le resultaba abrumador y no sabía por dónde empezar. Tenía la sensación de que cada respuesta le llevaría a una nueva pregunta y tendría que decidir entre seguir la línea argumental o respetar el orden que había escogido para asimilar la información que le proporcionaban. En cualquiera de los dos casos le resultaría muy difícil recibirla con el orden que le hubiera gustado y eso le producía cierta sensación de vértigo. Al tomar la M-408 para rodear el pueblo, siguiendo las indicaciones del navegador, las antenas del experimento se hicieron claramente visibles en lo alto de los edificios a lo lejos. Aldana las miró pensativo y empezó a hablar.

    —¿Así que todas esas antenas son Janícula?

    —No, esas antenas forman parte del proyecto Jano —se apresuró a decir Montes para sacar de la confusión a su acompañante.

    —¿Pero Jano no era el ordenador? —preguntó Aldana contrariado por tantos datos en tan poco tiempo.

    —Desde luego que lo es, déjeme que se lo explique —dijo el doctor al ver la cara de confusión de Aldana.

    —Por favor —le pidió éste haciendo un gesto con las manos para que continuase.

    —Jano es un proyecto, el primero de todos ellos, que consta de ese entramado de antenas —dijo señalando por la ventanilla a lo lejos—, que recogen los pensamientos de la gente, y del superordenador, que interpreta esos pensamientos. Con el tiempo, el ordenador ha sido adherido a otros proyectos, siendo parte imprescindible de todos y cada uno de ellos, con lo que ha ido adquiriendo cierta independencia del proyecto original para el que fue creado, por eso nos referimos a él como Jano, suprimiendo el término “proyecto”. Por una parte está Jano, el superordenador, y por la otra está el proyecto Jano, las antenas, el superordenador, el protocolo, etc. En cuanto a Janícula, digamos que todo lo que ve es Janícula.

    —¿Todo lo que veo es Janícula? —se extrañó Aldana—. ¿Eso no es de una película?, cómo se llamaba…, ¿Mátrix? —preguntó socarrón.

    —¡Oh!, no, no, no. Nada de eso —dijo el doctor sonriendo, el humor de Aldana le hacía gracia y empezaba a relajarse en su compañía—. Me refiero al pueblo, la gente, los edificios, los vehículos, los árboles, todo, hasta el aire en este pueblo es Janícula.

    —Perdóneme, pero eso no me aclara nada, al contrario, me intriga aún más y me surgen nuevas preguntas en todo caso— dijo Aldana más serio.

    —¿No lo entiende? —se apresuró a decir el doctor con un tono más entusiasta—, Janícula es un experimento en el que el pueblo es el laberinto, cada proyecto que llevamos a cabo son pedazos de queso y las personas son los ratones. Eso le incluye a usted en este momento ¿sabe?, todo lo que piense será procesado por Jano.

    Aldana frunció el ceño contrariado. Sabía que eso era así, pero no se había detenido un momento siquiera a pensarlo, a estudiar la situación, sin duda peculiar. Al hacerlo en ese instante encontró razones por las que había sido un error adentrarse en el perímetro del proyecto Jano. Algunas eran personales, pero la mayoría eran secretos de Estado que podían hacer que la nación se tambalease. Después de todo, ¿quién iba a pensar que el cerebro de una persona no sería un lugar seguro para guardar palabras? Montes se dio cuenta de la preocupación de Aldana. Aparte del gesto que cruzaba su rostro, el pulso se le aceleró, algo que no pasó desapercibido para él observando sus pupilas dilatadas y su exceso de sudoración en las axilas. Antes de que hiciera parar a Sonia para salir del vehículo y volver por donde había venido, acompañado por los hombres que los seguían muy atrás en aquellos coches grandes y oscuros, tomó la palabra.

    —¡Oh!, no, no, no. No tiene usted que preocuparse, nadie está mirando lo que pensamos, es sólo un proceso informático, programamos ciertas consignas en Jano…

    —¿Ciertas consignas? —interrumpió Aldana, que, por supuesto, esperaba una detallada lista de esas consignas en su respuesta.

    —Sí, bueno, consignas como buscar determinadas palabras, aptitudes, patrones, ese tipo de cosas. Cuando alguien piensa en armas de fuego, por ejemplo, Jano hace un seguimiento de ese individuo para ver si esos pensamientos son continuados o no. Esto no quiere decir que alguien al que le gusten las armas de fuego sea un delincuente, se tienen que dar otras circunstancias, por ejemplo, que tenga un profundo odio hacia algo, ya sea un colectivo, una raza, el sistema, lo que sea; además de muchas otras. A menos que esté usted pensando en sacar el arma que lleva toda la mañana tratando de ocultar…

    Aldana se llevó la mano derecha al costado izquierdo y puso cara de circunstancia. En realidad no se notaba, pero el doctor podía ver detalles que para el resto del mundo pasarían desapercibidas.

    —…y dispararme a mí primero y a Sonia después para huir con el dinero que encuentre en nuestros bolsillos, no mucho, si le soy sincero, no tiene de qué preocuparse.

    Aldana retiró su mano de la pistola que escondía debajo de la chaqueta, no quería que esa imagen en su cerebro llamase la atención de Jano.

    —Le diré más, incluso si piensa hacer todo eso —continuó el doctor—, Jano sólo emitirá un parte del suceso en cuestión, pero no quedará registro alguno. No almacenamos nada. ¿Tiene usted idea de la cantidad de bytes que generan los pensamientos de 120.000 personas todos los días, por no hablar de la cantidad de leyes y derechos que estaríamos violando.

    Aldana se sintió más seguro, no al cien por cien, pero lo suficiente como para relajarse y acomodarse en su asiento, que le pareció más confortable que hacía unos minutos.

    —Entiendo —dijo mirando por la ventanilla al conjunto de hormigón, ladrillo y acero que se alzaba ante sus ojos, mirando al cielo desde distintas alturas pero bajo el mismo velo de ignorancia.

    Se veía gente caminando de aquí para allá. Madres paseando al sol a sus hijos recién nacidos, ciclistas haciendo deporte, trabajadores esperando en las paradas de autobús, todos ajenos a su estatus de “conejillos de indias”. Quizás esa fuese la clave: la ignorancia. Tal vez la iglesia no se equivocaba después de todo y cuando aprendimos a leer y a escribir dio comienzo nuestra decadencia. (Demasiado básico) pensó, luego se vovlió hacia Montes de nuevo y continuó haciendo preguntas.

    —¿Y por qué Janícula?, ¿por qué lo llaman así?, ¿tiene algún significado?, le conozco poco, pero apuesto a que lo tiene.

    —Pues he de decir que no perdería usted su dinero amigo mío —contestó el doctor.

    Le encantaba contar las historias que daban nombre a sus proyectos, sobre todo si los había elegido él. Un brillo especial en sus ojos delataba su entusiasmo cuando alguien se interesaba por alguna de esas historias y en esta ocasión no fue distinto.

    —¿Qué versión prefiere oír, la corta o la extendida? —preguntó con el firme deseo de que escogiese la más larga de las dos.

    —¿Es que hay una versión larga? —preguntó Sonia interesada en el nuevo tema de conversación—. Mucho me temo que la que yo conozco es la corta.

    —Bueno, eso depende de tus expectativas con respecto a una historia larga, ¿no te parece? —intentó bromear Montes sin éxito.

    La mirada de Sonia rebotó en el espejo retrovisor y se clavó en los ojos del doctor. A Aldana le sorprendió la actitud de ambos, habría jurado que eran padre e hija si no supiera ya el nombre de los dos. Ella le desafiaba a menudo y él la trataba con cierta condescendencia. (¿Se estarán acostando?) pensó, la diferencia de edad era notable, pero había visto demasiadas veces esa situación protagonizada por otros, como para dejar que ese detalle condicionase sus observaciones. No obstante, no quiso sacar conclusiones precipitadas y prefirió que el tiempo le diese la respuesta.

    —Que sea la larga, por favor —dijo Aldana para satisfacer el deseo de Sonia más que el suyo propio.

    Ella le miró a través del espejo, donde encontró los ojos de él devolviéndole la mirada. Sus labios se movieron para articular la palabra “gracias”, pero ningún sonido escapó de ellos. Una sonrisa de adolescente se dibujó en el rostro de Aldana antes de que el doctor empezase a gesticular y a hacer aspavientos para contar su historia con el entusiasmo de un escolar.

    —Bueno, en primer lugar, he de decir —empezó a relatar—, que el nombre de Janícula es consecuencia de que el primer proyecto del experimento se llamase Jano. Cuando pusimos en marcha el proyecto Jano no sabíamos que en consecuencia nacería un experimento, pero así fue, así que busqué un nombre más conveniente para el proyecto y que a su vez pudiera nombrar al experimento justificadamente. Bueno, así soy yo, me gusta que todo tenga sentido —se justificó antes de continuar—. Después de todo LM0034 no es un nombre fácil de recordar cuando el número de proyectos supera la centena ¿verdad?

    Aldana frunció el ceño sorprendido, más de cien proyectos eran más de cien de los que él esperaba tener noticias. Tenía mucho de qué hablar con el doctor, sin duda, pero no sería en ese momento, no hasta que él terminase su historia.

    —Me gusta usar nombres de la mitología —continuó Montes ajeno a las intenciones de Aldana de mantener una inquisitoria conversación con él más adelante—, porque son fáciles de recordar y a todos se les relaciona con alguna habilidad, elemento, o con algún cuerpo celeste. Esto resulta particularmente útil para asociar el nombre del proyecto con el objetivo de éste. Pues bien, según la mitología, la bella Creusa, hija de Herecteo rey de Atenas, tuvo un hijo con Apolo, que creció en la ciudad de Delfos, alejado de su madre. Creusa se casó con Xifeo, mortal que sufría por no poder tener descendencia de ella. Desesperado, fue a ver al oráculo, quién le encomendó que secuestrara al primer niño que se cruzara con él al día siguiente. El primer niño que encontró al día siguiente fue Jano, el hijo oculto de Creusa. El niño creció y se convirtió en un feroz guerrero que marchó a la conquista de Italia, dónde fundó una ciudad. Cuando el Dios Saturno fue destronado y expulsado por su hijo Júpiter de su lugar en el mundo de los Dioses, se refugió en el reino de Jano, y en agradecimiento le convirtió en un Dios y le dotó de la capacidad de ver el futuro y el pasado al mismo tiempo para que pudiera tomar decisiones sabias y justas. Esa misma es la finalidad de nuestro proyecto, ver el pasado y el futuro y tomar decisiones sabias y justas, por eso lo rebauticé con el nombre de Jano, —concluyó.

    Aldana parecía hechizado una vez más por las palabras del doctor, nunca habría imaginado que existiese un Dios en la mitología que se ajustase con tanta perfección a aquella abominación de red de antenas violacerebros. Tenía que reconocer que la capacidad de Montes le había impresionado, pero no más que a Sonia, que a pesar de que su atención estaba puesta en la carretera, no perdía detalle de su historia.

    —Acaba usted de satisfacer, ¿cómo lo ha dicho?, mis expectativas con respecto a la versión larga —dijo Sonia en tono jocoso—, pero, ¿no se olvida de algo?

    —Cierto —intervino Aldana corroborando la afirmación de Sonia y sorprendido por no haber sido él quién se diera cuenta.

    —¡Oh!, no, no, no. Nada de eso, sólo hacía una pausa narrativa —dijo Montes.

    —¿Una pausa narrativa?, ¿qué c0ño es eso? —espetó Sonia con el mismo tono jocoso.

    Aldana no pudo evitar reírse, no sabía si existía tal expresión, pero estaba seguro de que Montes había hecho una pausa a propósito y de que ella lo sabía. Empezaba a entender esa camaradería con la que se trataban y no le disgustaba en absoluto.

    —Es un recurso que se usa mucho en los discursos, sobre todo en política, usted debería saberlo —explicó el doctor girándose al final para dirigirse expresamente a Aldana.

    —¿Yo? —empezó a decir éste continuando con el tono desinhibido de la conversación—, he tapado muchas mentiras señor Montes, pero no he escrito ni una sola, ni para decirlas yo, ni para que otros digan lo que no pienso.

    —¡Oh, vaya!, ya puede quitar usted el cartel doctor, ya hemos encontrado al aguafiestas —seguía bromeando Sonia.

    —¿Aguafiestas? —exclamaron los dos a la vez.

    —Sólo bromeaba, si le ha molestado le pido disculpas —dijo Sonia con un tono más sobrio, consciente del exceso de confianza del que acababa de hacer gala.

    —No, por favor —contestó Aldana de inmediato—. Estoy tan acostumbrado a que la gente me haga la pelota o me hable como si fuera a ponerles una mano encima y a hacerles desaparecer que, francamente, me ha sorprendido, pero no me ha molestado, por favor, no se sienta usted cohibida.

    —De acuerdo —empezó a decir ella mirando por el espejo—, pero puede que se arrepienta.

    Aldana sonrió y se giró hacia Montes, que asentía con la cabeza. Aldana sonrió más aún y volvió a mirar a Sonia con ternura.

    —Entonces, ¿qué ha pasado con su pausa doctor?, ¿cree usted que podemos terminar de oír esa historia? –preguntó Sonia.

    —¡Claro! —dijo éste—, supongo que si la alargo más dejará de considerarse una pausa y tendré que empezar una segunda historia para terminar la primera ¿no?

    No tenía la gracia de Sonia pero se esforzaba por no ser un científico aburrido, encerrado en su mundo de probetas y tubos de ensayo. Ella y Aldana le prestaban toda su atención cuando empezó a hablar de nuevo.

    —Pues bien, esa era la historia de Jano, pero en cuanto al experimento, o mejor dicho, el nombre que recibe, verán, cuando Jano conquistó Italia, fundó allí una ciudad, y en homenaje a sí mismo la llamó Janícula, que significa colonia de Jano. Por eso el experimento se llama así, Janícula.

 

 

__________________________________________________________________________________

 

 

Critica, comenta, especula, lo que quieras, aquí.

Image and video hosting by TinyPic
Compartir
Por favor, use texto sin formato

Re: JANÍCULA episodio 1

12

 

    Esther entró en la cocina y miró a su alrededor, cogió el cuchillo más grande que fue capaz de encontrar en su estado de nervios y cruzó el recibidor hasta la puerta que conectaba la casa con el garaje, donde se ocultó. Juan entró por la puerta del jardín y corrió hacia la entrada principal tirando del brazo de Roberto a su paso por el salón, donde él se encontraba plantado como una estatua. Entró en la cocina, pero estaba vacía, salió y se dirigió a las escaleras para subir a la planta de arriba, pero su amigo le agarró del brazo y Juan se detuvo.

    —Ha salido por esa puerta tronco —dijo con su voz lánguida señalando la puerta del garaje.

    —¡¿Pero qué c0ño te pasa?! —gritó exasperado por la actitud de su compañero—, ¡vamos, muévete!, ¿es que quieres que esto se llene de policías?

    Los dos corrieron hacia la puerta del garaje, la abrieron y entraron despacio. Esther estaba dentro de su coche y el portón de la calle se abría lentamente. Juan empuñó la pistola y apuntó a Esther al tiempo que la increpaba para que saliera, pero ella, aterrorizada, giró la llave y arrancó el motor.

    —¡Me cag0 en la p.uta! —gritó Juan mientras bajaba el arma y trataba de disparar al neumático delantero del lado del copiloto —. Otra vez, ¡¿pero que mi.erda de pistola es esta que no dispara, j0der?! —vociferó frustrado.

    —Pero tronco, si no le has quitado el seguro —dijo Roberto acercándose y observando el arma en las manos de Juan.

    —¡¿Qué put0 seguro, j0der?!

    —Este tronco, tienes que echarlo para atrás así, ¿lo ves?

    Roberto manipuló el arma en las manos inexpertas de Juan.

    —¿Y ya puedo…?, ¡c0ño! —se asustó Juan cuando la pistola se disparó accidentalmente y rompió la ventanilla del copiloto—. ¡J0der!, esto es muy sensible.

    —¿Pero que haces?, no puedes llevar el dedo en el gatillo, lo tienes que poner detrás hasta que vayas a disparar —explicó Roberto.

    Esther, al escuchar el disparo y ver cómo la ventanilla se hacía añicos, salió del coche y corrió hacia el portón para salir a la calle. Los dos hombres corrieron tras ella, uno por cada lado del vehículo. El portón estaba muy bajo todavía y la forma física de Esther no le permitía agacharse lo suficiente como para escapar por aquella rendija, así que blandió el cuchillo que había cogido de la cocina para mantener a sus dos atacantes a cierta distancia. A pesar de que uno de ellos la apuntara con una pistola, quizás prefiriese una muerte rápida a sufrir lo que su imaginación le decía que pasaría si aquellos hombres la capturaban. La altura casi era la adecuada para que pudiera salir y se preparaba para correr como no lo había hecho en su vida, cuando Juan se dio cuenta de que había dos botones en la pared, cerca de su compañero, cuyos cables terminaban en el motor que abría y cerraba el portón.

    —¡El botón, dale al botón! —gritaba a su amigo señalándole los dos botones que acababa de descubrir.

    Roberto miró en la dirección que le señalaba su amigo y rápidamente, o al menos todo lo rápido que se podía esperar de él, hizo ademán de pulsar uno de ellos, pero Esther se le echó encima amenazándole con el cuchillo.

    —¡No lo toques, hijo de p.uta! —gritó histérica.

    Juan aprovechó para acercarse por el lado derecho del portón. Esther se volvió hacia él para mantenerle a raya y Roberto, por el otro lado, aprovechó para acercarse al botón. Esther se dio cuenta de su error y cuando se giró de nuevo, Roberto ya estaba demasiado cerca del botón, así que, en un acto reflejo, le lanzó el cuchillo sin dar en el blanco.

    —¡Hijos de p.uta! —gritó aterrorizada antes de caer al suelo inconsciente.

    Juan había aprovechado que ya no había peligro para abalanzarse sobre ella y golpearla con la culata de la pistola. Se acabó. Roberto pulsó el botón y el portón volvió a cerrarse.

    —Menos mal que ha fallado, porque tus reflejos mátrix para esquivar cuchillos dejan mucho que desear —dijo Juan jocoso mientras se agachaba para comprobar que Esther estuviera viva.

    —Tu podías haber disparado tronco, ¿y si me lo clava en el corazón o algo? —le reprochó Roberto a su amigo tratando de recuperarse del susto.

    —Escucha, estoy dispuesto a robar, y sólo por necesidad, pero no voy a matar a nadie y tampoco dejaré que tú lo hagas, al menos en mi presencia.

    Pese a permanecer completamente inmóvil en el suelo, Esther respiraba, y salvo el dolor de cabeza que sentiría al despertar, por lo demás, se encontraba perfectamente.

    —Podías haberla disparado en la mano del cuchillo tronco, eso no mata —continuó Roberto molesto por la actitud de Juan minutos antes.

    —Tu que te crees, ¿qué soy el j0dido John Wayne? —espetó éste que empezaba a irritarse.

    —Bueno tronco, vale —dijo al fin Roberto resignado al ver que Juan levantaba el tono de voz—. ¿Qué hacemos con ella?

    —Lo mejor es que la atemos —contestó Juan mirando a su alrededor en busca de algo con que poder atar a la mujer—. ¡J0der!, ni una p.uta herramienta, ¿a qué c0ño dedica este tío su tiempo libre?

    El garaje estaba prácticamente vacío, salvo por el coche de Esther, una lavadora, una secadora, un congelador horizontal y una cesta de ropa sucia.

    —¿Y ahora qué? —preguntó Roberto esperando a que Juan resolviera la situación de nuevo.

    —¡J0der! —exclamó mirando el reloj en su muñeca—, llevamos aquí mucho tiempo y estoy seguro de que alguien ha oído el disparo, tenemos que terminar ya y marcharnos cuanto antes.

    —Pero si todavía no hemos encontrado el dinero tronco —dijo su compañero, más preocupado por marcharse de allí con las manos vacías, que por marcharse de allí sin más.

    —Escucha, yo subiré y buscaré la pasta, tú encárgate de ella, busca por la casa algo con lo que puedas atarla, si no encuentras nada, enciérrala en algún sitio de donde no pueda salir si se despierta, no quiero sorpresas… .

    —¿En qué sitio tronco, en el congelador ese de ahí? —interrumpió Roberto nervioso mientras señalaba al fondo del garaje.

    —¡Que no c0ño, que no queremos matarla!, no sé, busca un armario o algo que se pueda cerrar con llave. Cuando hayas terminado, subes, limpiamos nuestro rastro, cogemos lo que tengamos y nos vamos.

 

__________________________________________________________________________________

 

 

Critica, comenta, especula, lo que quieras, aquí.

Image and video hosting by TinyPic
Compartir
Por favor, use texto sin formato

Re: JANÍCULA episodio 1

13

 

    —En el próximo, el próximo si… ¡si, si, si! —gritaba Cristóbal al volante de su coche detenido frente a la vía del tren de alta velocidad Madrid-Sevilla.

    Acababa de pasar un tren y él seguía allí. Cuando salió corriendo de EATS tenía una idea muy clara, sencilla y fácil de llevar a cabo, así evitaría terminar con la vida de Esther. No le importaba cuál podría ser el motivo que le llevase a hacer semejante atrocidad, ni siquiera que tal motivo existiese, ella lo había sido todo para él desde que la conociera en aquel supermercado y no permitiría que eso cambiase, aunque para ello tuviera que morir. Parecía sencillo, pisar el acelerador y cerrar los ojos, pero Cristóbal no fue capaz de hacerlo en su primera oportunidad. A pesar de ello, no estaba preocupado, la tensión del momento en que no pudo acelerar hizo que la adrenalina se le disparase y ahora fluía desmesuradamente por su torrente sanguíneo. Casi deseaba que el siguiente tren estuviera ya allí mismo si no fuera porque estaba convencido de que, esta vez sí sería el último para él.

    —¡No es posible! —exclamó incrédulo al mirar a lo lejos y ver el coche del doctor Montes acercándose a gran velocidad—. ¡Claro!, el dispositivo de seguimiento, qué estúpido he sido —se lamentó mientras pensaba cómo huir.

    Sonia condujo por la avenida de las estrellas hasta la altura en la que se suponía que estaba Cristóbal, pero según el navegador se encontraba a unos mil metros a su derecha, en medio del campo.

    —¿Dónde c0ño está? —preguntó Sonia oteando el horizonte con el vehículo detenido.

    —Según esto está allí —contestó el doctor señalando un puente que cruzaba las vías del tren después de mirar su smartphone.

    —Si hay un camino tiene que haber una entrada ¿no? —intervino Aldana observando el camino de tierra que pasaba por encima del puente.

    —Por supuesto que tiene que haberlo, y creo que sé donde está —dijo Sonia antes de poner la marcha atrás y acelerar.

    Cristóbal observó desde lejos cómo el coche del doctor salía de la carretera y se dirigía directamente hacia él, así que se metió debajo del puente mientras pensaba cómo haría para escapar. Pensó que tal vez el tren estuviese a punto de pasar y tuviese el valor suficiente para cruzarse en la vía, entonces todo habría terminado y la presencia del doctor con sus siniestras intenciones no serviría de nada, Esther estaría a salvo.

    —¡Déjeme ver eso! —espetó Sonia arrancando el Smartphone de las manos de Montes—. Se supone que está ahí delante ¿no?

    —Bueno, no sé qué decir, ¿qué indica el navegador? —preguntó el doctor contrariado.

    —Lo mismo que esto —contestó ella devolviéndole el smartphone.

    —El GPS utiliza varios satélites para triangular la posición de un objetivo en la tierra—empezó a decir Aldana—, cuantos más satélites y más separados entre sí, mejor será la precisión…

    Montes seguía atento, como si esperase a que Aldana terminara de hablar. Sonia se giró y también le miró fijamente.

    —¿En serio? —dijo éste sin terminar de creerse que tuviera que explicarlo—, viceversa, menos satélites, menos precisión —concluyó extendiendo las manos con las palmas hacia arriba.

    —¡Oh!, no, no, no. Usamos nuestro propio satélite ¿sabe?, el sistema que utilizamos no tiene nada que ver. Para empezar, no tiene margen de error —explicó el doctor.

    —¡Vale! —exclamó Aldana con resignación—, tenía que habérmelo imaginado.

    —Así que sin margen de error ¿eh? —empezó a decir Sonia—, pues deje que le enseñe algo doctor, ¿lo ve aquí verdad? —preguntó señalando el punto rojo en la pantalla del navegador—, ahora dígame, ¿lo ve ahí delante?, ¿no? —dijo dando por supuesta la respuesta de Montes—, pues entonces su satélite no es tan preciso como cree. Busquémosle —concluyó llevándose los dedos índice y corazón de la mano derecha hacia los ojos para referirse a una búsqueda visual.

    Cristóbal lo daba todo por perdido cuando oyó cómo el coche del doctor, sorprendentemente, se alejaba por el otro lado del puente sin advertir su presencia. Sabía que era cuestión de tiempo que  reparasen en su error y diesen la vuelta, así que no se lo pensó dos veces, aceleró y subió al camino para volver por donde había venido, tenía un nuevo plan.

    —¿Pero qué c0ño? —gritó Sonia al ver el coche de Cristóbal alejarse por el retrovisor—, ¡agárrense! —vociferó antes de tirar del freno de mano mientras hacía malabares con el volante y el acelerador para girar 180 grados sobre sí mismos.

    Montes terminó con la cara pegada al cristal y Aldana casi acabó subido encima del doctor, a pesar de llevar el cinturón de seguridad puesto, después de que un par de curvas le dejasen notar el afán de Sonia al volante cuando se trataba de una emergencia. Cuando el coche estuvo recto y avanzaban de frente, los dos pasajeros de atrás volvieron a su posición en sus respectivos asientos y al fin pudieron hablar.

    —¿Pero no es…? —comenzó a decir Montes.

    —Cristóbal —completó Sonia—, debajo del puente, ¡j0der!, ¿pero cómo he podido ser tan estúpida? —se lamentaba acaloradamente mientras hundía el acelerador en la moqueta.

    —Si le sirve de algo —empezó a decir Aldana—, los tres hemos sido estúpidos, no se ofenda —dijo volviéndose hacia el doctor.

    —No me ofendo, tiene usted razón —contestó éste.

    —En cuanto a su satélite… —continuó Aldana.

    —Gracias —dijo Montes obviando el cumplido.

    Aldana estaba muy sorprendido de la eficacia que el doctor  había conseguido en sus proyectos con tan poco dinero, se preguntaba cuál sería el secreto.

    —¡Rápido, avise a sus hombres para que le corten el paso! —apremió Sonia refiriéndose al convoy de Volkswagen que acompañaban a Aldana adonde quiera que éste fuese.

    Era demasiado tarde. Ajenos a lo que pasaba se habían echado a un lado para dejarle paso, después activaron el protocolo de “posible amenaza” y formaron una barricada ocupando todo el ancho del camino de tierra para bajar después de los vehículos, pistola en mano, y dar el alto al coche del doctor.

    —¡No me lo puedo creer! —espetó Sonia furiosa aminorando la marcha mientras veía cómo Cristóbal se alejaba a toda velocidad.

    —Lo siento —se disculpó Aldana—, ha debido de ser el trompo.

    —Estupendo —replicó ella con sarcasmo—, ¿desea un cojín el caballero?, ¿le sirvo una copa?, ¿o quizás le apetecen unos cacahuetes?

    —No se lo tome así, su trabajo es protegerme, ellos no saben qué estamos haciendo, no tienen nuestra perspectiva de la situación, es muy difícil trabajar así —explicó Aldana—. No se detenga, les llamaré.

    Sonia avanzaba despacio mientras Aldana se comunicaba con sus hombres y les aclaraba que el objetivo era Cristóbal y que era de vital importancia detenerle sin causarle ningún daño. Cuando colgó el teléfono, los tres Volkswagen dejaron el camino libre y Sonia pisó el pedal del acelerador hasta el fondo. No tardó en llegar a la carretera donde volvió a hacer uso del freno de mano para colocar el coche en la dirección adecuada y volver a acelerar dejando una nube de humo blanco y olor a goma quemada tras de sí. De repente, y a pesar de que ella iba muy rápido y acelerando aún más, de la nube de humo blanco surgieron dos de los Volkswagen, adelantándola como cohetes en busca de Cristóbal.

    —Yo quiero uno de esos —exclamó con los ojos abiertos como platos.

    Cristóbal esperaba en un semáforo en rojo cuando vio el coche del doctor salir de la nada y levantar toda esa humareda. Pensó que tenía suficiente ventaja hasta que los dos todoterreno negros se hicieron visibles detrás de Sonia, la adelantaron, y como dos exhalaciones, pusieron rumbo hacia él. Tuvo la sensación de que un puntero láser coqueteaba con los pelos de su nuca y sintió pánico de no poder proteger a su mujer, así que, antes de que el semáforo cambiara a verde, aceleró ante la mirada atónita de los demás conductores allí detenidos. Los Volkswagen eran muy rápidos, se le estaban echando encima, tenía que hacer algo que fuera distinto a ir en línea recta por la avenida o estaba perdido, entonces miró por el retrovisor y lo vio, a su izquierda, el tranvía. Cruzó dos carriles y se puso en el de la izquierda, en paralelo a el y aminorando la marcha, dejando que los todoterreno se acercasen, entonces, cuando los tenía encima, aceleró y cruzó la vía justo por delante del tranvía, provocando que éste frenase en seco y dejase la carretera bloqueada. Los dos Volkswagen colisionaron entre si levemente en la maniobra que se vieron obligados a hacer para no golpear al tranvía. Cristóbal giró a la izquierda y de nuevo a la izquierda. En aquella zona los edificios más antiguos eran del 2006, así que, por normativa, todos debían contar con plazas de aparcamiento para sus vecinos, era cuestión de estadística que alguno de los vehículos que circulaban por esas calles entrase en un garaje. No tuvo que esperar mucho tiempo, unos metros más adelante se puso detrás de un Seat  rojo y aprovechando que éste abrió la puerta de uno, bajó con él. Cuatro niveles, había tenido suerte, en el último de todos no podrían rastrear su señal, así que buscó una plaza vacía y allí esperó.

    Sonia llegó al lugar dónde se había detenido el tranvía y paró al ver los dos todoterreno allí.

    —¿Qué c0ño ha pasado? —preguntó bajándose del coche preocupada por el estado de Cristóbal.

    Uno de los hombres miró a Aldana, que se acercaba detrás de ella, y éste hizo un gesto de afirmación con la cabeza.

    —Ese tipo nos ha dado esquinazo con una maniobra temeraria poniendo en peligro la vida de todos esos civiles —explicó excitado mientras señalaba el tranvía detenido.

    —¡Maldita sea! —se lamentó Sonia examinando la escena—. ¿Han podido ver hacia dónde ha ido?

    —No, nada –intervino otro de los hombres de Aldana—, podría haber ido en cualquier dirección.

    —Doctor —dijo Sonia con desdén a la vez que se acercaba a Montes y extendía la mano.

    —Olvídalo —contestó éste mostrándole el Smartphone.

    El punto rojo que señalizaba la posición del vehículo de Cristóbal había desaparecido.

    —¡Vale! —dijo ella resignada—, ¿puede señalarme en qué lugar exactamente ha desaparecido? —preguntó poniendo el dedo índice de su mano derecha en el mapa de la pantalla.

    —Lo siento —respondió el doctor con un tono de culpabilidad y moviendo la cabeza en horizontal.

    —¿Bromea? —espetó Sonia incrédula.

    —Teníamos contacto visual, ¿qué falta me hacía mirar esto? —explicó refiriéndose al smartphone.

    —¿Qué hacemos? —intervino uno de los hombres de Aldana.

    —De acuerdo —empezó a decir Sonia haciéndose cargo de la situación y dando órdenes a todos y cada uno de los presentes—, nosotros volveremos al puente, puede que piense que no lo hagamos, merece la pena mirar. Vosotros peinaréis la zona en elipse, empezaréis aquí en círculos pequeños y los iréis ampliando. Hacedlo por separado —concluyó.

    Los hombres buscaron la confirmación de Aldana para hacer lo que se les pedía y éste asintió con la cabeza, inmediatamente después, todos se pusieron en marcha sin perder un minuto.

    El doctor guardó su smartphone en un bolsillo justo antes de que la pantalla se iluminase con un mapa de la zona y un punto rojo empezara a parpadear muy cerca de donde estaban ellos.

    —Le encontraremos —dijo Sonia—. ¡Maldita sea! —gritó golpeando el volante con fuerza.

__________________________________________________________________________________

 

 

Critica, comenta, especula, lo que quieras, aquí.

Image and video hosting by TinyPic
Compartir
Por favor, use texto sin formato

Re: JANÍCULA episodio 1

14

 

    Un portazo a lo lejos llamó la atención de Cristóbal, que no podía dejar de pensar en Esther. Unos tacones, la puerta de un coche, el motor y por fin las luces. Era un Citroën C3 azul metalizado que le sirvió de lanzadera para salir a la calle de nuevo. No quiso mirar si aquellos todoterreno negros seguían allí, sólo aceleró hasta la avenida de la estrellas, giró a la izquierda y se alejó todo lo rápido que pudo tratando de pasar desapercibido entre los otros conductores. Nadie le seguía, así que, cuando llegó al final de la avenida dejó de ocultarse para ganar velocidad. Cruzó el polígono industrial hasta la M-408 y rodeó el pueblo para llegar al barrio residencial La Laguna, donde vivía con su mujer desde hacía doce años. Cuando estuvo a unos metros de su casa, el portón del garaje empezó a abrirse mostrando el coche de Esther en su interior. No se extrañó demasiado porque en ocasiones iba a recogerla Raquel para ir a desayunar y luego a comprar unos trapitos, como decía ella, antes de trabajar, pero no recordaba que le hubiese comentado nada al respecto, ni esa mañana, ni el día anterior, y eso era bastante raro en ella. Aparcó en la puerta y entró en la casa por el garaje, aprovechando que el portón estaba abierto, entonces vio que la ventanilla del copiloto estaba rota y comprendió por qué su mujer no se lo había llevado, no se trataba de una jornada de chicas, sino de un incidente matutino. Cristóbal agarraba el pomo de la puerta que daba al recibidor de la casa y se disponía a entrar cuando se detuvo un instante pensativo y se giró para mirar de nuevo el coche de Esther. (¡Claro!), pensó, (el coche de su mujer no tenía rastreador y si se lo llevaba, dejando el suyo en su lugar, el doctor iría allí a buscarle mientras él llevaba a cabo su plan muy lejos). Con el nuevo plan todavía tomando forma en su cabeza arrancó el Audi y lo apartó de la puerta del garaje para poder sacar el coche de su mujer, luego metió el suyo en su lugar, cerró el portón y se subió al Nissan Qashqai de Esther para alejarse de allí a toda velocidad.

__________________________________________________________________________________

 

 

Critica, comenta, especula, lo que quieras, aquí.

Image and video hosting by TinyPic
Compartir
Por favor, use texto sin formato

Re: JANÍCULA episodio 1

15

 

    El bolsillo derecho de la chaqueta del doctor empezó a vibrar de menos a más y luego se oyó una música sutil y agradable. Montes introdujo su mano y sacó el smartphone para contestar la llamada. La música se hizo audible para los tres, que en ese momento salían del coche, detenido en el puente en el que habían estado hacía apenas unos minutos, para examinar la zona.

    —¿En serio lo oye? —preguntó Aldana con el ceño fruncido.

    —No se trata de oírlo, sino de distinguirlo —respondió éste—, ¿tiene usted idea de cuánta gente pone algo tan soez como un eructo de tono para su teléfono?, ¿cómo demonios van a saber si alguien les está llamando cuando están viendo un partido de fútbol con los amigos en un bar? Dígame, ¿cuando fue la última vez que escuchó usted a Vivaldi? —preguntó.

    —¿Antes de ahora?, creo que años —contestó Aldana.

    —Y estoy seguro de que no en un lugar tan inusual como éste, ¿me equivoco?

    —Supongo que no.

    —Luego, escuchar a Vivaldi por la calle, podría decirse que llamaría su atención, independientemente de su volumen, ¿no es así? —continuó Montes  .

    —Doctor, podría ser importante —dijo Sonia señalando el smartphone, que no había dejado de sonar en ningún momento.

    Aldana cruzó una sonrisa con Sonia, pero la verdad era que las teorías de Montes le resultaban muy interesantes, ese punto de vista tan lógico y tan calculado, sin dejar nada al azar, le impresionaba, aunque se preguntaba si no era un tanto enfermizo.

    —Dime Rodrigo —dijo Montes contestando la llamada en voz bien alta para que Aldana y Sonia supiesen con quién hablaba—, ¿de qué se trata?..., sí…, ¿un robo dices?..., pero esa es la dirección de Cristóbal…, de acuerdo, envíamelo…, sí, sí, has hecho bien Rodrigo, no te preocupes, te llamaré con lo que sea.

    —¿Qué es lo que ocurre? —preguntó Sonia impaciente.

    —Según Jano están robando en este momento en casa de Cristóbal y acaba de mandar a la policía —contestó mientras cortaba la llamada.

    En ese momento, la aplicación que había pasado a segundo plano por la llamada entrante volvió a estar activa y el doctor vio el punto rojo parpadeando de nuevo en el mapa.

    —¡No puede ser! —se lamentó.

    —¿Y ahora que pasa? —exclamó Sonia extrañada mientras le arrebataba el smartphone de las manos—. ¡Maldita sea!, ¡todo este tiempo!… —gritó y se calló después para no decir algo de lo que más tarde pudiera arrepentirse—, ¡no me lo puedo creer! —dijo al fin al tiempo que le entregaba el smartphone a Aldana para evitar que preguntase y así no tener que darle una mala contestación.

    —Entiendo —dijo Aldana mirando la pantalla—, supongo que ya no es necesario que examinemos la zona, y en cuanto al robo, ¿la policía no llamará a los dueños de la casa?, me refiero a ambos —preguntó girándose hacia Montes.

    —Seguro que sí —respondió el doctor pensativo—, y es posible que ese sea el desencadenante. Rápido, no hay tiempo que perder —dijo dirigiéndose a Sonia al tiempo que se subía al coche.

    —Deme dos minutos —contestó ésta poniéndose al volante, arrancando y acelerando antes siquiera de que Aldana hubiera cerrado su puerta.

    Mientras Sonia conducía a toda velocidad, Aldana sacó su teléfono como pudo y llamó a sus hombres para darles la nueva dirección. Montes a su vez despotricaba en vano  en pos de su seguridad y de la del resto de ocupantes del vehículo, incluso apeló a la seguridad de los ciudadanos con los que se cruzaban, los cuáles no tenían nada que ver con su particular odisea. Todo fue inútil, Sonia desoyó todo lo que el doctor le dijo, lo que Aldana le aconsejó después de terminar su llamada de teléfono e incluso lo que otros conductores le recomendaron con palabras y gestos. Quizás saltarse las señales de stop, los semáforos en rojo y no ceder el paso a otros vehículos cuando tenían preferencia, o a los mismos peatones, no fuera la mejor manera de conducir, por no hablar de la velocidad, pero lo cierto es que en poco más de dos minutos había llagado a su destino y, aparte de unos cuantos enfados, no había causado ningún daño.

    La policía ya se encontraba allí desde hacía varios minutos y había acordonado la casa a la espera de la división científica. Los sospechosos fueron cogidos con las manos en la masa, como era habitual, y estaban siendo interrogados en sendos furgones por separado. Sonia se bajó a toda prisa del coche, seguida del doctor y Aldana, y echó a correr hacia la casa hasta que un agente la detuvo.

    —¡Quítame las manos de encima! —gritó despectivamente—. ¿Dónde está el dueño de la casa? —preguntó al ver que no le permitirían entrar.

    —Por favor señorita, no puede estar aquí… .

    —Tranquilo, yo me ocupo —intervino el capitán de la brigada interrumpiendo a su agente—. ¿Quién es usted señorita? —preguntó dirigiéndose a Sonia.

    —¿Y usted? —respondió ésta de mala gana.

    —Miguel Ángel Iturbe, soy el capitán de la brigada.

    —¿Capitán? —intervino Montes llegando al fin a la altura de Sonia junto con Aldana—, tenía entendido que había sido un simple robo.

    —Está usted bien informado señor… —y alargó la palabra para que el doctor se presentase.

    —¡Oh, claro!, ¿dónde está mi educación, soy el doctor Montes —dijo extendiendo la mano.

    —¿Doctor?, ¿es usted médico? —preguntó Iturbe estrechando la mano del doctor.

    —¡Oh!, no, no, no. Nada de eso, soy científico en el instituto EATS.

    —¡Ah!, sí, lo conozco, ¿lo de las plantas, detrás de la Repsol? —dijo el capitán.

    —Sí…, lo de las plantas —contestó Montes cruzando la mirada con la de Aldana en un gesto de complicidad.

    —Pues se trata de un robo, efectivamente, pero yo vivo dos calles más abajo y he querido supervisar la operación en persona. Haría lo que estuviera en mi mano por los ciudadanos de este pueblo, pero cuando se trata de la familia, uno siempre está dispuesto a hacer más de lo que puede o debe —explicó Iturbe para justificar su presencia en un delito menor—. ¿Y ustedes?, ¿qué hacen aquí?

    —El dueño de la casa trabaja para mí en el instituto —contestó el doctor—, ¿se encuentra bien?, nos gustaría hablar con él.

    —Me temo que eso es imposible….

    —¿Cómo que imposible?  —interrumpió Sonia— ¿dónde está?, ¡maldita sea!

    —¿Cómo ha dicho que se llama usted señorita? —preguntó el capitán visiblemente molesto por el tono con el que Sonia insistía en tratarle.

    —¡Oh!, es mi jefa de seguridad en el instituto… —intervino el doctor diplomáticamente mientras clavaba la mirada en Sonia y movía la cabeza en señal de desaprobación.

    —Sonia —dijo ella antes de que el doctor terminara de hablar desafiándole de nuevo—, me llamo Sonia.

    —Verá capitán —continuó Montes haciéndose con la palabra para tratar de conseguir la colaboración que ella se empeñaba en despreciar—, es de vital importancia que hablemos con él.

    —Lo entiendo, pero me temo que no está en mi mano —intentó explicar cuando, de nuevo, fue interrumpido, esta vez por Aldana, quién sacó su documentación y la exhibió delante de la cara de Iturbe.

    —Por favor —dijo con un tono seco—, deles toda la información que le soliciten, estos señores tienen cobertura total en este caso.

    —No se trata de eso —dijo el capitán muy tranquilo—, si me dejasen ustedes terminar sabrían que el señor… —hizo una pausa mirando las notas de su libreta—, Cristóbal Lecea, no está aquí, y antes de que me lo pregunten —continuó levantando la mano y dejando a Sonia con la palabra en la boca—, tampoco estaba cuando llegamos, así que no tengo el gusto de conocerle.

    —Pero su coche está dentro ¿no? —preguntó el doctor mirando el punto rojo que parpadeaba en su smartphone.

    —Si se refiere usted a un Audi A4 gris oscuro metalizado, sí, está dentro —contestó el capitán mirando su libreta de nuevo.

    —¡Maldita sea! —se lamentó Sonia al darse cuenta de que Cristóbal, al que, sin duda alguna, habían subestimado, les había engañado de nuevo.

    —Hay que calcular cuánto tiempo nos lleva de ventaja —empezó a decir Aldana retirándose un par de metros de Iturbe—, estableceremos un perímetro teniendo en cuenta que la velocidad de una persona a pie…

    —No podemos dar por echo que vaya a pie —interrumpió Sonia—, podría ir en moto, o en bici, todo el mudo tiene una bici.

    —Tiene razón —dijo Montes mirando a Aldana—, si establecemos un perímetro muy pequeño podríamos estar perdiendo un tiempo vital, y si lo establecemos demasiado grande me temo que no llegaremos a tiempo de evitar una tragedia.

    —Está bien, pues si no podemos encontrar a Cristóbal, encontremos a su mujer y evitaremos lo que él quiere evitar —propuso Sonia.

    —¡Excelente idea! —dijo el doctor excitado al tiempo que llamaba la atención de Iturbe levantando la mano derecha.

    Los tres se acercaron de nuevo al capitán y Sonia tomó la palabra.

    —Disculpe —empezó a decir con un tono más suave después de tranquilizarse—, ¿han avisado a la dueña de la casa?

    —¿La dueña de la casa dice? —preguntó Iturbe revisando sus notas.

    En ese momento “El invierno” de Vivaldi se dejó oír llamando la atención de todos los presentes, y aunque el doctor estaba dispuesto a dejarlo sonar y prestar atención a lo que el capitán tenía que decirles, todos le miraban con cierta tensión por lo que optó por rechazar la llamada, pero antes de hacerlo pudo ver que se trataba de Rodrigo y cambió de opinión.

    —Lo siento —dijo llevándose el aparato a la oreja y retirándose unos metros.

    Sonia y Aldana escuchaban con atención al capitán mientras él hablaba con Rodrigo. Cuando hubo terminado, pidió a éste que le enviara la información que acababa de darle al Smartphone y corrió hacia el grupo tomando la palabra.

    —Tenemos que irnos —dijo apresuradamente.

    —¿Qué sucede? —preguntó Aldana intrigado.

    —Era Rodrigo —empezó a decir acalorado y andando rápidamente hacia el coche para que ambos le siguieran—, Jano ha pronosticado el suicidio de Cristóbal en estas coordenadas —concluyó levantado el smartphone para mostrar a ambos el parte que Rodrigo le había enviado.

    Sonia le arrebató el aparato de las manos y se detuvo un instante.

    —Un momento, estas coordenadas me suenan —dijo sacando el pronóstico del asesinato de Esther, que guardaba celosamente en el bolsillo—. ¡*****, vuelve al puente! —gritó antes de adelantar al doctor corriendo hacia al coche.

    —¿Qué pasa con Esther? —preguntó Montes mientras aceleraba el paso detrás de ella, seguido a su vez por Aldana.

    —¡El señor Aldana se lo explicará por el camino, no hay tiempo que perder!

    Los tres subieron al vehículo que, segundos después, desapareció en una nube de humo blanco con olor a goma quemada.

    El teléfono de Iturbe sonó y apenas habló medio minuto, a continuación se acercó a su coche e introdujo el brazo por la ventanilla para coger la radio y mandar a varias patrullas al aviso de suicidio, luego habló con uno de los agentes para dejarle al cargo de la situación, se subió al vehículo y puso rumbo a las coordenadas del aviso.

__________________________________________________________________________________

 

 

Critica, comenta, especula, lo que quieras, aquí.

Image and video hosting by TinyPic
Compartir
Por favor, use texto sin formato

Re: JANÍCULA episodio 1

16

 

    Un silencio fuera de lo común llenaba aquel lugar. Cristóbal, sentado en el Qashqai de su mujer, a unos diez metros de la vía del tren de alta velocidad Madrid-Sevilla, sintió mucha paz. Lo que iba a hacer causaría mucho dolor, sobre todo a Esther, pero no tanto como el que causaría si ella muriese  y él fuese encerrado por haberla matado. Estaba listo, y mientras esperaba a que llegase el tren, se relajó, se puso cómodo y encendió el autorradio para escuchar algo de música, aunque no al azar. Alargó el brazo derecho para abrir la guantera y sacar un estuche con algunos discos caseros grabados en mp3. Los grababa Esther, era adicta a la música, aunque no se gastaba mucho dinero en ella, le gustaba seleccionar meticulosamente sus compras en itunes. Había varios discos, pero únicamente uno de ellos estaba etiquetado con la palabra “Melancomúsica”. Con una media de cuatro minutos por canción, en un disco podía grabar unas 175, muchas más de las que ella consideraba imprescindibles, por eso sólo había uno. Para Esther, todo lo que no fuera música melancólica, era “Pop&Rock&Roll”, fuera lo que fuese, así que, en el resto de discos del estuche se podía leer la palabra “Pop&Rock&Roll”. La canción que Cristóbal quería escuchar estaba en el de “Melancomúsica”, así que lo sacó del estuche y lo introdujo en la ranura del autorradio. El disco contenía joyas como “Night in white satin”, de los Moody Blues, “Donna”, de Ritchie Valens, o “Runaway” de Del Shannon, aunque Esther fue incorporando temas a lo largo de muchos años y en variados y rocambolescos soportes, y en la lista había música de todas las épocas y estilos, como el ya clásico “With or without you”, de U2, “Nobody’s perfect”, de Madonna, “No one”, de Alicia Keys, o “I just call you girl”, de Nena Daconte. Pero no era ninguna de ellas la que buscaba Cristóbal. Después de unos segundos, que el autorradio empleó en reconocer el disco, pulsó la tecla para que saltase las canciones hasta que llegó a la número 14 y “You’ve lost that lovin’ feelin’”, de los Righteous Brothers, empezó a sonar. Los ojos se le llenaron de lágrimas al recordar su primer día de trabajo como reponedor en aquel supermercado de Oxford. Era la hora del descanso y fue a comerse su bocadillo al comedor de empleados, una pequeña sala dispuesta con unas mesas y sillas y un televisor con más años que el propio invento. Al abrir la puerta, lo primero que vio fue el televisor, estaban dando Top Gun, una vez más, luego exploró la sala con un barrido visual y fue entonces cuando vio a Esther. Durante un instante no pudo apartar la mirada, entonces, Tom Cruise y Anthony Edwards empezaron su esperpéntica versión de la canción para tratar de conquistar a Kelly Mcgillis, sentada sola en la barra del bar de la tropa. Esther se giró y sus miradas se cruzaron un instante, después, ella volvió a mirar el televisor sonrojada y Cristóbal empezó a mover la cabeza buscando un sitio entre aquellas mesas para sentarse, pero las flechas habían sido disparadas, en ambas direcciones, y no pudieron evitar volver a mirarse. Ese día no ocurrió nada más, pero ambos eran conscientes de que su amor nació allí y cuando oían la canción, la original, por supuesto, podían sentirse el uno al otro, por muy lejos que estuvieran, como aquel 14 de Noviembre en el que en el instante de una mirada pudieron ver su futuro, juntos.

    Las lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas, como si la vida estuviese escapando de él para formar parte de esa música y esperar el tiempo que fuese necesario para que la melodía estuviera completa y los dos se encontraran de nuevo, esta vez, para siempre.

    Un destello a lo lejos por el lado izquierdo llamó su atención, era el sol que rebotaba en el cristal pulido del tren, su tren, el último, el que no podía dejar escapar y del que no escaparía jamás. Era la hora, arrancó el motor y esperó a que se acercase lo suficiente para que el conductor no tuviera tiempo de detener el tren.

Frente a él, a un kilómetro de distancia aproximadamente, una nube de polvo surgió de la nada. (¿Viento?), pensó Cristóbal, y antes de que pudiera hacer cualquier deducción, el coche del doctor apareció del interior de la nube a toda velocidad.

    —¡Maldición! —gritó mientras giraba la cabeza hacia su izquierda para alentar al tren, como si eso fuera a hacerle correr más.

    Sonia se acercó lo suficiente como para que el ángulo de visión les permitiera ver el desastre que se cernía sobre el Qashqai de Cristóbal, detenido a pie de vía, esperando al tren que se acercaba implacable a más de doscientos kilómetros por hora. Los ojos se le abrieron como platos y pisó el acelerador más aún, como si quisiera atravesar la moqueta que cubría el suelo del vehículo para así conseguir más velocidad. El camino de tierra no estaba exento de agujeros, y aunque Sonia había demostrado una destreza fuera de lo común para sortearlos, no pudo eludirlos todos. El coche se hundió de golpe y a continuación fue escupido hacia arriba con fuerza. Sonia lo había visto venir y se mantuvo firme en su asiento, pero Aldana y el doctor se vieron sorprendidos por tanta violencia y ni siquiera el cinturón de seguridad pudo evitar que se golpearan varias veces, como luego evidenciarían los moratones.

    Cristóbal estaba nervioso, miraba al tren y no dejaba de vigilar el coche del doctor mientras su cerebro hacía cálculos de distancias, velocidades, aceleraciones, masas, gravedad, fricción con el aire, fricción con un camino de tierra, fricción con metal, agarre del caucho, todo pasaba por su cabeza y le proporcionaba datos que en aquel momento no le servían de nada, no estaba realizando un experimento en el que había que tener en cuenta todas las variantes por si algo fallaba, saber dónde corregirlo, en esta ocasión no había posibilidad de corregir nada, sólo disponía de una oportunidad.

    Sonia perdía piezas del coche por el camino, tapacubos, paragolpes, ninguna que le impidiera ir todo lo rápido que el motor le permitiese. Casi había llegado al puente cuando vio cómo el Qashqai de Esther, con Cristóbal al volante, empezaba a moverse. El tren estaba lo suficientemente cerca y Cristobal aceleró hasta cruzar el vehículo en la vía. Se le estaba echando encima. Sonia subía el puente haciendo tanta presión en el pedal del acelerador que el respaldo de su asiento crujió. Cristóbal miró arriba a la derecha buscando comprensión en sus amigos y luego se giró para mirar el morro de acero blanco que crecía a su izquierda. Sonia exhaló un grito de terror que fue ahogado por el ensordecedor claxon del tren y los posteriores gritos de las ruedas detenidas avanzando sobre las vías y llorando lágrimas incandescentes, como si lamentasen lo que iba a ocurrir. A continuación se oyó un estruendo de metal y cristales rotos y el Qashqai salió volando en varias direcciones al mismo tiempo. Uno de los asientos, junto con sus anclajes, impactó con el coche del doctor haciendo que Sonia perdiera el control del vehículo y no fuese capaz de mantenerlo en línea recta, así que decidió frenar allí mismo y seguir a pie. El doctor corría detrás de ella y más despacio, dolorido por un golpe en la rodilla, les seguía Aldana. La escena era dantesca, cristales y amasijos de hierro por todas partes. Sonia hincó las rodillas en el suelo y se quedó inmóvil, espeluznada por la tragedia que no había sido capaz de evitar. El doctor llegó a su altura y le puso una mano en el hombro para consolarla, aunque él también necesitara consuelo.

    —Lo hemos intentado —dijo para descargarla de cualquier sentimiento de culpa que pudiera sentir—, pero él era muy listo, y nos ha vencido… —hizo una pausa—, aunque también haya perdido.

    Aldana cojeaba de su pierna derecha y aminoró el paso después de ver cómo ellos se detenían. Ya no había ninguna prisa. Estaba a punto de llegar a su altura con la idea de dar consuelo a Sonia él también, cuando algo llamó su atención.

    —¿Qué es eso que se mueve allí? —dijo acelerando de nuevo todo lo que su maltrecha rodilla le permitió.

    —¿Cómo? —preguntó Sonia desorientada.

    —Allí —repitió Aldana señalando con el dedo mientras les dejaba atrás con el propósito de averiguar de qué se trataba.

    Todos miraban con expectación hacia dónde éste había señalado.

    —¿Pero qué diantres…? —exclamó el doctor perplejo por la sospecha de lo que podía tratarse.

    Algo se movía cerca de dónde había tenido lugar el impacto, en el lado de la vía en el que ellos se encontraban. Montes y Sonia echaron a andar detrás de Aldana, a quién no tardaron en alcanzar. Los tres avanzaban ahora juntos, con cautela y sin quitar ojo a lo que pudiera ser aquello, hasta que se puso en pie. Ninguno de ellos andaba ahora. Tampoco daban crédito a sus ojos. Era Cristóbal. Sonia corrió hasta él para abrazarlo y el doctor, seguido de Aldana, fue detrás, aunque ninguno de los dos se abrazó con él.

    —¿Pero cómo…? —empezó a decir Sonia.

    —Salté —dijo Cristobal—, abrí la puerta y salté —explicó entre sollozos—, soy un cobarde.

    La policía rodeaba ya toda la zona y los agentes empezaban a bajar de sus vehículos.

    —Entonces Jano se ha equivocado en esto ¿no es así? —preguntó Aldana dirigiéndose al doctor.

—Pues a decir verdad, sí, se ha equivocado en esto —contestó éste debatiéndose entre la alegría y la decepción.

    —¿De qué están hablando? —preguntó Cristóbal—, ¿en qué se ha equivocado Jano?

    —En tu suicidio —respondió Sonia—, la policía está aquí porque Jano ha emitido un parte con tu suicidio en estas coordenadas.

    —¿Es eso verdad? —dijo Cristóbal girándose hacia el doctor.

    —Lo es —contestó éste sin mucho entusiasmo.

    Cristóbal empezó a dar saltos de alegría y a gritar corriendo de aquí para allá mientras Sonia se sentaba en el suelo con la cara desencajada. El doctor y Aldana tampoco compartieron su alegría.

    —¿Pero qué os pasa? —preguntó Cristóbal con júbilo—, ¿es que no lo entendéis?, si Jano se ha equivocado en esto, seguramente también se haya equivocado en lo de Esther —explicó.

    Sus palabras no parecieron sorprender a nadie y sintió que algo no iba del todo bien. Miró a Aldana, al que no conocía de nada, luego se giró para mirar al doctor, que agachó la cabeza, y finalmente se sentó en el suelo al lado de Sonia.

    —¿Qué ocurre? —preguntó con temor, mirando a lo lejos.

    —Es…, Esther —tartamudeó Sonia llorando—, ya se ha cumplido.

    Cristóbal se incorporó de un salto. El pulso se le aceleró de golpe y empezó a sudar.

    —¿Qué?, no, no —empezó a decir nervioso—, yo no…, yo…, yo no…

    Sonia se levantó y se acercó al doctor, éste se metió la mano en el bolsillo, sacó el smartphone y se lo entregó. Sonia se aproximó a Cristóbal de nuevo y le mostró una copia digital del parte del atraco a su casa. Mientras Cristóbal lo miraba incrédulo, ella se lo explicó.

    —Esther estaba allí —dijo secándose los ojos—, hubo…, un forcejeo y…, la golpearon.

    —¡No! —gritó—, ¿qué le han hecho?, ¿quiénes son?, ¿dónde están? —vociferaba presa de la ira.

    Sonia le agarró por ambos hombros para calmarle y continuó.

    —Ella cayó inconsciente…, y la encerraron —hizo una pausa para abrazarle y decirle al oído entre lágrimas—, en el…, maletero…, de su coche.

    Sonia sintió un peso muerto entre sus brazos y luego una fuerza súbita que la hizo aterrizar en el suelo de culo. Cristóbal echó a andar hacia la nube de policías que se aproximaba hacia ellos, apartando a Aldana y a Montes con determinación. Sonia se levantó y fue a recoger el smartphone del doctor, que Cristóbal había dejado caer. Al cogerlo, tocó la pantalla y pasó al siguiente documento, el parte del suicidio, lo miró y algo no le encajaba. El tren había arroyado el coche sobre las 13:16h, sin embargo, el suicidio estaba pronosticado para las 13:30h, entonces miró su reloj, eran la 13:32h.

    —¡Deténganle! —gritó con todas sus fuerzas al tiempo que salió corriendo.

    Montes y Aldana no entendían nada hasta que un disparo a lo lejos les sobrecogió. Cristóbal se las había arreglado para quitarle el arma a uno de los agentes y dispararse en la sien. Sonia permaneció allí, inmóvil, mirando la escena arrodillada mientras el doctor hablaba con la policía y Aldana reflexionaba sobre lo ocurrido. Ciertamente, Jano había acertado, aunque había sido como pronosticar un incendio en el bosque y a continuación tirar una cerilla, lo que le creaba serias dudas sobre la viabilidad del proyecto. Montes tenía muchas explicaciones que darle.

__________________________________________________________________________________

 

 

Critica, comenta, especula, lo que quieras, aquí.

Image and video hosting by TinyPic
Compartir
Por favor, use texto sin formato

Re: JANÍCULA episodio 1

17

 

    Una semana después, el convoy de Volkswagen volvía al instituto EATS, y los mismos hombres repetían el protocolo que terminó con Aldana sentado enfrente del doctor en el despacho de éste. Después de unos incómodos segundos de silencio en los que Montes se mantenía expectante y algo nervioso mientras Aldana miraba a la mesa pensativo, éste levantó la cabeza para buscar los ojos del doctor y empezó a hablar.

   —¿Sabe?, he reflexionado mucho sobre este asunto. Admiro mucho su trabajo, lo que ha sido capaz de lograr es…, increíble, en todos los sentidos. Uno siempre espera ver un ordenador como Jano procesando los datos de la NASA, o un experimento como Janícula en el cine o la literatura, sin embargo, usted los ha hecho posibles, existen, y están aquí mismo, en casa. Es…, es…, tan tentador —dijo con tanta excitación como resignación.

    —¿Pero? —intervino Montes.

    —¿De verdad me lo pregunta? Sabe de sobra que no puedo pasar por alto el hecho de que ese ordenador ha manipulado a una persona provocando dos muertes. ¡Maldita sea, eso es premeditación, ¿cómo es posible?!

    —Creemos que puede deberse al concepto causa efecto —trató de explicar el doctor—, es posible que Jano no distinguiese entre que sus pronósticos fueran una consecuencia o que pudieran ser la causa. Para él, ambas cosas eran lo mismo.

    —¿Eran? —preguntó Aldana.

    —Ya le hemos programado esos conceptos, créame, no volverá a ocurrir.

    —¿Sabe?, ese es el problema, que ahora se han visto obligados a corregir ese fallo en su programación, pero, ¿qué otros fallos podría esconder y cuáles serían sus consecuencias?, consecuencias que a usted, por supuesto, le servirían para corregir dichos fallos —dijo con sarcasmo—. Es muy arriesgado.

    —¿Arriesgado? —se rió Montes—, es un ordenador.

    —¡No es un ordenador de sobremesa! —espetó Aldana golpeando la mesa con la mano abierta—, ¡ha matado a dos personas con un simple papel y unas palabras, y usted lo tiene conectado a todos sus proyectos, muchos de los cuáles desafían las leyes de la física!, ¡maldita sea, ese ordenador podría jugar a ser Dios si usted le programase ese concepto!

    —Le doy mi palabra de que eso no va a ocurrir —dijo Montes con pocas esperanzas de que sirviese para algo.

    —Lo siento doctor, de usted me fio, de ese engendro que ha creado, no. Volveré a Madrid y ordenaré abrir una investigación, cuando haya terminado, Jano será desconectado —concluyó Aldana.

    No hubo más palabras, Aldana y sus hombres se replegaron hacia los vehículos y abandonaron el instituto. Giraron a la derecha y recorrieron unos 500 metros hasta una glorieta que tomaron a la izquierda. Unos 300 metros más adelante rodearon otra glorieta para salir también a la izquierda e incorporarse a la autovía A-42 en dirección a Madrid. De repente, las naves de sendos polígonos industriales, a ambos lados de la carretera, desaparecieron, en su lugar había zonas peatonales ajardinadas.

    —Señor —dijo uno de los hombres de Aldana para llamar su atención.

    Éste alzó la cabeza y vio cómo el primer vehículo se detenía en el arcén, seguido del suyo y el tercero detrás. Delante de ellos había una fuente con un monolito delgado de unos 20 metros de altura, rodeado por una banda de metal troquelada con una inscripción que rezaba: «No hay un camino para la paz, la paz es el camino». Al otro lado de la fuente, cruzando la carretera, un arco con la palabra “Parla” y el escudo del pueblo, daban la bienvenida a los viajeros.

    —¿Qué demonios significa esto? —preguntó Aldana desorientado.

    —No lo sabemos —contestó el chófer—, íbamos por la autovía hacia Madrid y de pronto estábamos aquí, señor.

    —¿Me tomas por estúpido? —espetó Aldana más indignado por la idea de no poder controlar la situación, que no comprendía en absoluto, que por la explicación que recibió al respecto—. ¡Da la vuelta!, y esta vez a Madrid, ¿entendido?

    El chófer asintió con la cabeza aún sabiendo que no era el responsable de lo que había ocurrido, ni siquiera sabría explicar lo que había ocurrido, luego se comunicó con el primer vehículo para que reiniciara la marcha por delante de ellos y los tres se pusieron en camino. Giraron en la glorieta de la fuente con el monolito para cambiar de sentido y a unos 600 metros se desviaron a la derecha para incorporarse por segunda vez a la autovía con dirección a Madrid, pero después de haber recorrido unos dos kilómetros, se encontraron otra vez con la fuente y el monolito delante, obligándoles a detenerse de nuevo en el arcén. Aldana, al notar que disminuían la velocidad, alzó la cabeza y miró por la ventanilla.

    —¿Pero que…? —empezó a decir con el ceño fruncido—, ¿acaso me estáis tomando el pelo?

    —En absoluto señor —se oyó una voz tímidamente que provenía de la parte delantera del vehículo.

    —¡Maldita sea, da la vuelta, que yo vea por dónde sales a la autovía! —gritó Aldana mientras se incorporaba en su asiento y apoyaba los dos brazos en el hueco entre los dos asientos delanteros.

    Volvieron a rodear la glorieta para cambiar de sentido y a unos 600 metros volvieron a desviarse a la derecha para incorporarse a la autovía con dirección a Madrid, exactamente igual que la vez anterior. Todo parecía ir bien hasta que, de repente, a ambos lados de la calzada, de nuevo zonas peatonales ajardinadas, y a lo lejos, la fuente y el monolito. Pero no todo era igual en esta ocasión, los otros dos vehículos habían desaparecido, al igual que los dos hombres que iban en el suyo. De pronto, Aldana se vio en un coche que no conducía nadie, a noventa kilómetros por hora por una vía de poblado, con badenes y a punto de llegar a una glorieta. Sin tiempo que perder, saltó como pudo al asiento del conductor y se dispuso a coger el volante cuando una violenta sacudida le lanzó hacia el techo. El coche voló varios metros más allá del badén hasta que casi se empotró en la fuente, pero Aldana consiguió girar el volante y trompear hasta detenerlo. Después del susto y una vez hubo recobrado el aliento, no volvió a intentar salir del pueblo, algo le decía que no conseguiría hacerlo, y sabía quién tenía las respuestas al por qué. Arrancó el motor del tuareg y puso rumbo al instituto EATS.

 

__________________________________________________________________________________

 

    Gracias por leer, espero que os haya gustado y ardáis en deseos de leer el segundo episodio, pero eso será próximamente.

__________________________________________________________________________________

 

 

Critica, comenta, especula, lo que quieras, aquí.

Image and video hosting by TinyPic
Compartir
Por favor, use texto sin formato
Avisos
RSS FaceBook Twit RSS RSS

¡Bienvenid@ a los Foros Oficiales de PlayStation!

Participa iniciando sesión con tu ID y contraseña de SEN.

Si aún no tienes una cuenta SEN, haz clic aquí. No te pierdas nuestras secciones de Eventos y Concursos.